¡mi primer terremoto!

Hace unos días me fijé en unos carteles en las paradas de autobús que representaban diferentes lugares icónicos de San Francisco como desenfocados (como el puente del Golden Gate). Mirándolos más de cerca vi que representaban el temblor producido por un terremoto y que formaban parte de una campaña de la Cruz Roja local para concienciar a la gente de la necesidad de estar preparada de cara a un probable terremoto. Alguien me comentó que formaba parte de una interesante campaña más amplia que dura desde principios de año llamada Prepare Bay Area (algo así como Préparate Bahía), pero enseguida me olvidé del tema y no fui a su página web a leer lo que hay hacer en caso de terremoto. A nadie le gusta pensar en desastres naturales, y es más fácil autoconvencerse de que nada va a pasar, que las tragedias siempre ocurren lejos.

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Sin embargo, ayer mismo pude comprobar por mí misma la amenaza constante que representan los terremotos en la zona de la Bahía. Hacia las 8 de la noche, mientras leía sentada en la cama, sentí unos temblores que al principio parecían estar causados por el paso de un camión pesado, pero enseguida aumentaron hasta provocar un extraño balanceo de toda la habitación, de todo el edificio (vivo en un 5º piso). Fue como si de pronto la cama estuviera flotando en medio de un océano ondulante. La experiencia duró menos de un minuto, aunque después de que cesara continué teniendo una curiosa sensación falsa de balanceo durante varios segundos.

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Al poco rato me enteré de que había sido un terremoto de magnitud 5.6 en la escala Richter y que su epicentro se encontraba cerca de un pueblo llamado Alum Rock a unos 85km al sur de San Francisco, donde lógicamente se sintió con más fuerza pero no causó daños. Fue el terremoto con más intensidad desde el de 1989 que causó grandes destrozos en la ciudad (por ejemplo, el desplome de varias carreteras y del Puente de la Bahía).

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Al recordar los carteles de la Cruz Roja que vi en las paradas de autobús, he ido a su web a hacer los deberes, esta vez sí, para estar preparada la próxima vez que tengamos terremoto. Según dicen, menos del 6% de la gente está preparada, aunque francamente los terremotos en esta región no son una gran sorpresa. En realidad los consejos de la Cruz Roja, aunque son útiles, se resumen en una página y están muy basados en el sentido común. Equipar los edificios con estructuras anti-sísmicas me parece mucho más básico.

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Y navegando por las páginas de la Cruz Roja encontré también imágenes de una ingeniosa acción que relizaron en Marzo como parte de la campaña Préparate Bahía, en las que un camión pintado por los dos lados con escenas ficticias de dos calles de San Francisco sometidas a un terremoto se paraba justamente en esas calles para mostrar el contraste. Según me han dicho la acción consiguió el efecto shock deseado, aunque no sé si sirvió para algo más que crear miedo en los habitantes de la ciudad. Según los expertos, habrá otro gran terremoto en la Bahía antes del 2025.

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Más fotos de distintas acciones de esta campaña en un blog de la revista Wired (en inglés).
¡mi primer terremoto!
Fotos de una de las acciones de la campaña Préparate Bahía de la Cruz Roja local para que la gente se prepare para futuros terremotos.

mi primera carrera de carricoches artesanos

En San Francisco todas las semanas hay festivales o eventos peculiares, es la ciudad extravagante por excelencia. Esta mañana, por ejemplo, había un concurso de disfraces perrunos en el parque del Golden Gate como parte del Día del Orgullo de las mascotas, al que no he asistido porque se me han pegado las sábanas. Pero por la tarde no me he perdido la carrera anual de cochecitos soapbox, que no he conseguido averiguar cómo se llaman en español pero que son unos carricoches unipersonales sin motor hechos a mano, normalmente para niños para jugar con ellos.

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No sé si originalmente estaban hechos con cajas de jabón, ya que soapbox significa justamente caja de jabón, pero supongo que tenían un diseño mucho más básico que los de hoy en día, los cuáles usan materiales más sofisticados, y que no se limitan ya a los niños. Según me dice la Wikipedia, a pesar de su diversidad estética, las características comunes principales de los cochecitos soapbox son que tienen cuatro ruedas, que no tienen motor y por lo tanto se mueven por la fuerza de la gravedad, y que los materiales para su construcción no tienen que costar más de 300 dólares.

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También deben tener algún tipo de frenos, ya que pueden alcanzar velocidades de hasta 50 km por hora, y el conductor debe llevar casco para evitar lesiones mayores en caso de pérdida de control del artefacto (cosa que pasa de vez en cuando). Es por eso que para algunos estas carreras son peligrosas, y en los anuncios de la de la de San Francisco dice que es ilegal, aunque no sé si lo es realmente porque la anuncian por todas partes y en toda la tarde no vi a ningún policía por allí. En todo caso para mí la gracia de las carreras no es tanto la velocidad (que en general hay poca) como la originalidad de los diseños de los coches (que es mucha).

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La (autodenominada) Sociedad de Carreras de Coches Soapbox de San Francisco lleva casi 15 años organizando estas carreras en el monte de Bernal Heights cada último domingo de octubre, desde el cual hay una vista espectacular de la ciudad. Sin embargo, el origen de los los derby nacionales de coches soapbox se remonta al año 1933, cuando un periodista realizó un exitoso reportaje fotográfico en Ohio sobre una carrera de carricoches hechos y conducidos por los niños del barrio. Y hasta hoy en día, cuando el Derby Nacional ha cumplido 70 años y se ha convertido casi en un deporte oficial. Según la web del Derby Nacional, tienen un carácter altamente educativo al enseñar a los jóvenes nociones básica de ingeniería y construcción, así como inculcarles el espíritu de competición y la perseverancia de no abandonar una dura tarea una vez empezada.
mi primera carrera de carricoches artesanos
Algunos de los participantes en la carrera ilegal de carricoches soapbox de hoy en Bernal Heights en San Francisco.

noche gastronómica con la guía Michelin de San Francisco

Ayer fui a la presentación de la segunda edición de la Guía Michelin para San Francisco y alrededores que levantó mucho revuelo en su primera edición por la poca cantidad de estrellas en general y a ciertas vacas sagradas de la ciudad en particular. Al acto asistió el director de las guías, el seductor Jean-Paul Naret, y por alguna razón incomprensible los publicistas americanos de las guías decidieron invitar también a la autora (Marcia Gagliardi) de un blog gastronómico de San Francisco llamado Table Hopper (algo así como Salta Mesas) para hacerle compañía, cosa que me pareció un poco ridícula. Si bien me alegra la popularidad de los blogs (obviamente) y que sean tomados en serio e incluso equiparados con los medios de comunicación tradicionales, ver al director de las guías gastronómicas más famosas y prestigiosas del mundo sentado al lado de una bloguera local fue como ver al equipo de mi barrio jugar con el Barça.

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Pero a lo que iba, la presentación. Aunque Jean-Paul Naret se centró en explicar cómo se realizan las evaluaciones de los restaurantes y no reveló ningún dato sobre las guías que no supiera ya todo el mundo, fue interesante oírle hablar (con su acento y porte de gigoló francés), del duro trabajo de los inspectores. Aunque parezca muy placentero comer en los mejores restaurantes a todas horas, no lo es tanto cuando se tiene que estar atento a cada mínimo detalle y luego rellenar larguísimos formularios de evaluación. Dos veces al día, seis días a la semana.

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También me pareció interesante oírle defender a los inspectores de las acusaciones de parcialidad de algunos de los asistentes, ya que muchos de los restaurantes con estrellas son franceses. Él respondió diciendo que ya les gustaría dar más estrellas a restaurantes de otro tipo, pero que simplemente no los han encontrado que se ciñan a sus criterios de calidad. Y yo añadiría que no sé de qué se extrañan ya que los restaurantes franceses abundan mucho por aquí, junto con todo lo francés en general.

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Y a pesar de estar presentando la guía de San Francisco, no podía faltar la alusión al restaurante El Bulli ni a Ferran Adrià, el cocinero estrella que está en todas las sopas, que vino a cuento de una pregunta de uno de los asistentes. Me hizo gracia que después de que Naret lo dejara por las nubes, añadió que hay demasiados imitadores que simplemente no son capaces de reproducir técnicamente las cosas maravillosas que hace Adrià, y que los inspectores últimamente se están hartando de poner en sus informes cosas como "este ha pasado demasiado tiempo con Ferran Adrià".

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Finalmente Jean-Paul Naret alabó la gran oferta gastronómica de la zona de San Francisco, y en eso estoy totalmente de acuerdo. Aquí el pasatiempo favorito de la gente es salir a cenar y se nota.
noche gastronómica con la guía Michelin de San Francisco
Arriba: momento de la presentación de la segunda edición de la guía Michelin de la región de San Francisco; Abajo: el director de las guías Michelin, Jean-Luc Naret, con sus aires de gigoló francés, y la guía en cuestión.

monedas americanas engorrosas y etnocéntricas

22 10 2007
 
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El otro día, al hablar de los problemas de las lavadoras comunitarias, me di cuenta de la importancia que tienen aquí las monedas de cuarto de dólar (quarters en inglés), o lo que es lo mismo, de 25 céntimos. Al menos si uno quiere tener ropa limpia y coger transporte público regularmente, por ejemplo.

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Las lavadoras comunitarias que he visto por aquí suelen costar entre 1'5 y 2 dólares, y únicamente aceptan monedas de cuarto de dólar. Lo que significa entre 6 y 8 monedas por lavada, el doble si después se usa también la secadora.

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Los autobuses y tranvías metropolitanos en San Francisco cuestan 1'5 dólares, pero hay que meter el importe exacto en la máquina ya que no da cambio. En los autobuses pueden usarse billetes de 1 dólar (aunque para el resto obviamente hacen falta monedas), pero en las paradas subterráneas de tranvía sólo se aceptan monedas. Con lo que, aunque las máquinas aceptan también monedas más pequeñas, una vez más es práctico tener un suministro constante de cuartos de dólar en el bolsillo para moverse por la ciudad.

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De igual manera, la mayoría de máquinas expendedoras (y las hay de todo tipo, incluso de sellos de correos) funcionan sólo con monedas, aunque por otro lado en el supermercado no hace falta meter monedas en los carritos de la compra (tienen un dispositivo de bloqueo automático cuando te alejas de la tienda).

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A veces me da la impresión de que en Estados Unidos todo gira alrededor de las monedas de cuarto. Son tan importantes para cualquier tipo de máquina que funcione con monedas, que he visto incluso máquinas expendedoras de cuartos (sobretodo en las lavanderías): les metes billetes y te dan cuartos. Magistral.

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Sin embargo, contrariamente a lo pudiera parecer, las monedas de cuarto no son las monedas americanas de mayor valor, no no. Aunque yo sólo las he visto una o dos veces, también existen monedas de 1 dólar. Pero por alguna extraña razón son escasísimas y es raro ver alguna en transacciones cotidianas. No sé si el gobierno tiene algún interés en que la gente no las use y fabrica muy pocas (para quedar bien con los numismáticos del mundo y tal) o si es que hay gente acaparadora que las tiene todas en casa. Por eso las lavadoras y demás máquinas de monedas se basan en los cuartos y no los dólares, y la gente está condenada a acumular cuartos en casa constantemente, cual buitres en celo.

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Para concluir esta cháchara monedil una pequeña reflexión sobre otras moneda americanas que viene al caso. Las monedas de 10 céntimos se llaman dime, que es una derivación de la palabra francesa para decir décimo, pero su valor numérico no está escrito en las monedas, sino simplemente la palabra Dime, asumiendo que todo el mundo sabe lo que quiere decir. Por eso las primeras veces que visité Estados Unidos a la hora de pagar en las tiendas siempre tenía que preguntarles el valor del dime porque nunca recordaba si era de 5 o de 10 céntimos, y siempre me tomaban por loca o por estúpida.

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Sin embargo, para un extranjero no me parece una pregunta nada tonta, pues lo que parece obvio para los americanos no tienen porque serlo en otras lenguas y culturas. Además, otras monedas como el cuarto o el nickel (níquel) además de su nombre llevan escrito también su valor numérico. En ningún otro país no me he encontrado con este problema, por raro que fuera la lengua de los billetes o monedas siempre había un número además de las letras. Y esto, para mí, es un claro ejemplo (uno más) del ombliguismo americano.
monedas americanas engorrosas y etnocéntricas
Las lavadoras de mi edificio cuestan 1'75 dólares en monedas de cuarto de dólar (7 unidades). En pequeño, imágenes de un dime (10 céntimos) y un cuarto (25 céntimos) sacadas de la Wikipedia.

ponga a Malaussène en su vida

21 10 2007
 
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No puedo creer que se me olvidara hablar de estos libros cuando estuve en París hace dos meses, porque son de lo mejor de la literatura francesa. Olvídaros de Proust, Flaubert, Zola y demás rollos de tomo y lomo. Daniel Pennac es el autor que hay que llevarse a una isla desierta, a la cola del médico o a una avería interminable de la Renfe. Es la fórmula mágica para el mal humor y el olor de pies. Al cabo de tan sólo unas pocas páginas te entran ganas de comer cuscús, de adoptar a un perro y de tirarte pedorretas como en parvulario, todo al mismo tiempo. Y sin darte cuenta dejas de refunfuñar mientras te preguntas cuando dejaste de usar ese vocabulario tan colorido y divertido del autor, que te está haciendo cosquillas por todas partes.

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La serie de 7 libros sobre la familia Malaussène de Daniel Pennac es de esas que te enganchan y no te sueltan, con un chorro continuo de ingenio y creatividad imposible de resistir. La serie, escrita originalmente en francés (un francés de fuegos artificiales), la componen los siguientes libros (por orden cronológico): La felicidad de los ogros, El hada carabina, La pequeña vendedora de prosa, El señor Malaussène, El señor Malaussène en el teatro, Los cristianos y los moros, Señores niños y Los frutos de la pasión. Aunque todos los libros están protagonizados por la numerosa familia Malaussène, encabezada por Benjamin, de profesión cabeza de turco, no siguen una historia cronológica y pueden leerse de manera independiente y desordenada. Yo, por ejemplo, el primero que me leí en casa de unos franceses a los que les hacía de canguro fue La pequeña vendedora de prosa, que es el más famoso de la serie, y luego continué según los iba encontrando por ahí.

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El escenario de los libros es el barrio parisino de Belleville, que está descrito con mucho cariño como una especie de olla de lenguas, colores y culturas que es la auténtica Francia. Hace dos meses cuando estuve en París fui a Belleville por primera vez y, recordando las descripciones de Pennac, me pareció el lugar más acogedor del mundo (aunque quizás en realidad no lo sea). Pennac es el maestro de la hipérbole y de hacerte sentir en casa con sus libros, de ahí su éxito.

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No sé si traducidas las historias de Benjamin Malaussène y su tribu pierden la gracia, ni si a todos les van a llegar de la misma manera que me llegaron a mí, a algunos incluso puede parecerles baja literatura sin importancia. De todas formas aprovecho para recomendarle a todo el mundo que ponga a la familia Malaussène en su vida. Para mí son el mejor entretenimiento y la mejor cura para la morriña y el dolor de cabeza. Son como una inyección de gazpacho de la abuela.
ponga a Malaussène en su vida
Arriba: cuatro de las novelas de la tribu Malaussène ambientadas en el barrio de Belleville de París; Abajo: la plaza de Santa Marta de Belleville.

¿quién diablos me toca la colada?

17 10 2007
 
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En las grandes ciudades de Estados Unidos, la gente no suele tener lavadora en su piso. Sobretodo en ciudades como Nueva York o San Francisco, como los alquileres son caros y el espacio escaso, uno no puede permitirse tener un rincón ocupado por una lavadora, y mucho menos por una secadora. Así, todos los edificios de pisos tienen un cuarto con lavadoras y secadoras de uso comunitario en el sótano. Funcionan con monedas, y allí hacen la colada todos los vecinos del edificio.

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Dejando aparte el tema de que a mí no me gusta usar las secadoras y prefiero tender la ropa en casa (por lo que se me considera poco menos que un bicho raro), el sistema de lavadoras comunitarias me parecía la mar de práctico. Hasta que un día, cuando fui a buscar mi ropa limpia, me la encontré tirada de cualquier manera encima de una de las lavadoras, la cual estaba en uso por la colada de otra persona que no había podido esperar a que yo bajase a recoger la mía (tardé unos 15 minutos más de la cuenta).

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La vez siguiente, consciente del número de vecinos que hay en el edificio y de que sólo hay cuatro lavadoras en el sótano, intenté ser más puntual y encontré mi colada intacta. También cambié mi costumbre de lavar en fin de semana, ya que es cuando todo el mundo lo hace y por lo tanto hay más demanda de lavadoras.

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Sin embargo, a la vez siguiente, un martes a las 9 y media de la mañana, cuando volví a buscar mi colada limpia con 5 minutos de retraso, me la volví a encontrar tirada encima de una de las lavadoras. Rayos y truenos, el tocador de colada había atacado de nuevo. Mi pobre ropa interior se encontraba trastornada, mis camisetas no daban crédito, y un calcetín solitario que había caído al suelo lloraba desconsoladamente. ¿Quién diablos es este desalmado impaciente que me toca las bragas y las toallas limpias sin reparos cada vez que necesita una lavadora libre?

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Ahora hace ya 3 o 4 veces que el tocador de colada me ha tocado mi colada, por lo que cada vez que pongo una lavadora, pongo también el despertador. Y espero con ganas el día en que pille al maldito tocador de colada con las manos en la masa. Le cortaré los dedos.
¿quién diablos me toca la colada?
Escenificación del tocador de colada de mi edificio en acción. Ojalá lo pille.

visite a sus artistas más cercanos

El fin de semana pasado, durante mi visita a Oroville en tren, pasé un día entero visitando a los artistas del condado en la ciudad vecina de Chico (sí, a mí al principio también me hizo gracia el nombre) como parte de una iniciativa llamada Open Art Studios (que sería algo así como jornadas de puertas abiertas en talleres de artistas). No sé por qué, pero aunque es una ciudad que no llega a los 100.000 habitantes y con mucho aire de pueblo, Chico tiene una gran densidad de artistas por metro cuadrado la mayoría de los cuáles, según me dijeron, se instalaron por allí en los años 60.

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Los Open Art Studios son unos fines de semana al año en los que los artistas de la zona les enseñan a los visitantes dónde y cómo trabajan, y éstos tienen la oportunidad de hacerles preguntas sobre el proceso creativo o lo que sea y, si quieren, comprar alguna cosa. Hay un librito con las direcciones de todos los artistas y un mapa, y en un día puedes llegar a ver a 20 o 30, dependiendo de lo que te entretengas a charlar en cada lugar.

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Como el arte no da mucho para vivir, la mayoría de artistas tienen sus talleres en un cuarto de su casa, y con lo que me gusta a mí ver las casas de los demás por un lado, y los museos o exposiciones por otro lado, me lo pasé pipa. Y como no, acabé comprando algunas litografías y piezas de cerámica fantásticas (muy bien de precio, por cierto) para mi pisito. Las casas que me parecieron más curiosas fueron las de los escultores que trabajan con hierro (por alguna extraña razón había unos cuantos), no sólo porque sus talleres estaban llenos de todo tipo de chatarra, sino porque todos tenían jardines gigantescos llenos de esculturas raras detrás de cada arbusto.

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Y este fin de semana repetí la experiencia en San Francisco, donde durante todos los fines de semana del mes de octubre y noviembre hay Open Art Studios distintos. Y aunque no quería comprar nada más, no pude resistirme a tener una de las coloridas escenas callejeras de San Francisco de esta artista. Sin embargo, aquí los precios son más altos, y los pisos de los artistas son francamente minúsculos. Y hay mucha competencia.
visite a sus artistas más cercanos
De izquierda a derecha y de arriba a abajo: rueda de cartón de Janice Porter (Chico), mesa hecha con mosaicos de Pat Koszis (Chico), ajos cubiertos de resina de Philippe Jestin (San Francisco), y estudio de Jennifer Maria Harris (San Francisco).

no hay que tirar nada

Hacía días que quería hablar de la inutilidad del reciclaje en Estados Unidos, y como hoy es el día de la Blogacción por el medio ambiente (o sea, un día para hablar del medio ambiente en blogs de todo el mundo), aprovecho para hacerlo comparándolo con el reciclaje en otro país que conozco bien, la RDCongo.

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Una cosa que al principio me gustó de Estados Unidos (o al menos de California, no sé si el resto del país tiene las mismas preocupaciones) fue la aparente importancia del reciclaje. Parece que todo el mundo recicla y en todas partes hay distintos contenedores para distintos tipos de desechos, incluso en una fiesta callejera de barrio. Y cada vez hay más tiendas que venden productos hechos con materiales reciclados, tiendas de segunda mano o eventos para promocionar el reciclaje de objetos.

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Sin embargo, pronto me di cuenta de que esta obsesión por el reciclaje se trata de algo cosmético y que a menudo no va acompañado de otros compromisos con el medio ambiente más difíciles de mantener, como ir más a pie o en transporte público, o no dejarse llevar por el consumismo reinante comprando cosas innecesarias. Dicho llanamente, para mí esta pasión por el reciclaje de aquí tiene tufillo a moda.

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No sé si el reciclaje sirve de mucho cuando aquí todo va envuelto y empaquetado con varias capas de embalaje. Por ejemplo, compras un paquete de galletas y van envueltas en 1) una caja de cartón 2) una bolsita de plástico transparente 3) un barquillo de plástico más duro como base. Además muchas tiendas (como Costco) promocionan la venta de formatos más grandes de sus productos con el pretexto de que es más ecológico, pero entonces para conservarlos más tiempos resulta que siguen estando empaquetados en pequeñas cantidades y embalados juntos. No en vano Estados Unidos es el país que produce más basura por habitante del mundo.

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En Congo, en cambio, el reciclaje organizado no existe ya que no hay infraestructura para hacerlo. Pero el reciclaje informal funciona a la perfección: en África nada se tira. Al contrario que en Estados Unidos, nada es de usar y tirar. Cualquier cosa dura por los siglos de los siglos, ya que se repara una y otra vez, y cuando no hay piezas de recambio o ya no puede usarse más, se le da un nuevo uso, como botellas de plástico que se reconvierten en chancletas. O tableros de ajedrez hechos con un pedazo de madera y chapas de refrescos. Tal como puede verse en la página Afrigadget, el ingenio africano es una fuente inagotable de sorpresas.

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En Congo, los autobuses son reciclados de otros países más afluentes que los donan junto con ayuda humanitaria cuando ya no les sirven para nada. Y las puertas de los taxis se aguantan con cordel (si las hay, ya que normalmente no sirven de mucho).

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En El señor de la guerra (película muy recomendable, por cierto) hay una escena que me encanta por su realismo: una avioneta cargada de armas de contrabando que Nicholas Cage va a pasar de Liberia a Sierra Leona (o viceversa, ya no me acuerdo) es descubierta mientras se dirige a su destino, y para que no los pillen deciden aterrizar en una esplanada en medio de la nada. Al cabo de pocos segundos empieza a llegar gente y Nicholas Cage les empieza a regalar las armas y después les deja coger todo lo que quieran. En un plis plás los espontáneos se han llevado literalmente toda la avioneta pedazo a pedazo.

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Bromas aparte, aunque en Congo el reciclaje provenga de la necesidad, muchas de las cosas que vi allí me demostraron que no hace falta vivir rodeado de bienes materiales (y mucho menos nuevos) para ser feliz. Tal como se veía en el documental ¿Qué compraría Jesús?, los más consumistas suelen serlo para suplir carencias emocionales, pero cuánto más consumen más insatisfechos se sienten.

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Estados Unidos sigue sin haber firmado el Protocolo de Kyoto para reducir sus emisiones de gases nocivos para la capa de ozono y frenar el cambio climático. Y en los Estados Unidos un 60% de los coches particulares (aunque yo creo que más) son de gran tamaño, es decir furgonetas, todoterrenos o camionetas. Y en cada coche hay casi siempre solamente una persona (a menos que sea domingo).

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En muchos sentidos tenemos mucho que aprender de África.
no hay que tirar nada
Foto de la izquierda de BBC; Foto de la derecha de Aquick

el continente a oscuras y desinformado

11 10 2007
 
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mundo

 
 
A veces me entretengo paseando por Afrigator, un fantástico agregador de blogs africanos que empezó su andadura hace apenas unos mesecillos. Y siempre encuentro cosas interesantes, como el blog Mamá Etiopía sobre Etiopía, escrito por una gallega que ha adoptado nada a más ni nada menos que a 3 niños etíopes. Tiene el mérito no sólo de ser uno de los pocos blogs sobre Etiopía y sobre África escrito en español, sino de ser muy didáctico y ameno, con fotos, vídeos, música y todo tipo de recursos sobre Etiopía.

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Y fue en Mamá Etiopía donde encontré estos dos interesantes mapas de aquí abajo. El primero (más grande aquí), hecho por la NASA a partir de una combinación de imágenes por satélite, muestra la presencia de electricidad en el mundo. Y enseguida resulta evidente que África vive a oscuras (mientras en Europa y Estados Unidos vivimos muy bien iluminados).

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El segundo mapa (más grande aquí) muestra la densidad de internet en el mundo, y es una consecuencia lógica del primero. La organización que realizó el estudio calculó la cantidad de direcciones IP registradas en cada país, que vienen a ser como números de teléfono pero para que los ordenadores puedan acceder a internet. Y como las direcciones IP son números de como máximo 12 cifras, no son ilimitadas. Y tan sólo un 1'52% de ellas se encuentran en posesión de compañías africanas, lo que significa que aunque se ampliara el alcance de las redes eléctricas y se mejoraran las infraestructuras en África, la mayor parte de las direcciones IP existentes seguirían en manos de Norteamérica, Europa y partes de Asia, con lo que África tampoco podría aumentar su uso de internet.

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No sé si me he explicado bien, pero la falta de internet en África es más compleja que la falta de electricidad, que se debe sobretodo a la falta de infraestrucuras y de los recursos económicos para invertir en ellas. La falta de internet se debe también a la monopolización de los canales por parte de los países del hemisferio norte y su poco interés en la informatización de África. Sin conocimiento de que otro mundo es posible la movilización resulta difícil.

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Y además, por si todo esto no bastara, en muchos países de África existe la censura de internet, sobretodo de los blogs. Por ejemplo, servicios enteros de alojamiento de blogs como Blogger están bloqueados en varios sitios (como Sudán) y más de un bloguero ha ido a la cárcel por expresar sus opiniones (como en Egipto). La radio sigue siendo la principal fuente de información en muchos partes de África, a pesar de la falta de electricidad.

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La circulación libre de la información a través de internet asusta a muchos, tanto en África como fuera de ella. Para mí el desarrollo en África pasa por el desarrollo tecnológico primero (electricidad, internet) y no por donaciones humanitarias infinitas o grandes iniciativas desde el norte de tipo caritativo (por ejemplo, las de Bono y compañía) que no integran las ideas de los propios africanos. Con donaciones de parroquia y buenas iniciativas África no va a salir de su pobreza, lo que hace falta es darle las herramientas a África para hacerlo ella misma.
el continente a oscuras y desinformado
Arriba: presencia de redes eléctricas en el mundo; Abajo: densidad de internet en el mundo.

el rompecabezas encaja

10 10 2007
 
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musica

 
 
Desde ayer el último álbum de Radiohead, In rainbows (En arcoiris), puede bajarse desde su página web pagando lo que se quiera, y desde ayer que estoy enganchadísima. Me encanta. Y me encanta lo de pagar la voluntad.

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Jigsaw falling into place - Radiohead (de In rainbows)

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Jigsaws falling into place

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There is nothing to explain

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Regard each other as you pass

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She looks back, you look back

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Not just once

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Not just twice

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Wish away the nightmare

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el rompecabezas encaja
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