aprendiendo del silencio y la lentitud

Durante los últimos tres días (desde el viernes hasta hoy) se ha celebrado en San Francisco Slow Food Nation, una especie de festival dedicado a la comida de calidad organizado por el movimiento slow food (comida lenta) que surgió en respuesta al fast food (comida rápida) en Italia hace más de 20 años. Han habido pavellones con exposiciones varias dedicadas a la comida, charlas y conferencias, conciertos, ferias callejeras, etc. Y como parte del extenso progama de actos del Slow Food Nation, el sábado fui a una charla en la biblioteca de la ciudad por parte de John Francis, un activista medioambiental fuera de lo común.

Quería oír a John Francis porque había leído algo en algún blog sobre la charla que dio en la última conferencia TED en Monterrey y su historia me había impresionado. Efectivamente no me decepcionó, aunque se notaba que seguramente había dado la misma charla miles de veces y había perdido un tanto su frescor. Y es que no es fácil condensar un cuarto de siglo de experiencias intensas en unos pocos minutos, o en unos pocos párrafos como voy a hacer a continuación.

Durante los años 1960s, como hippy que era, John Francis se mudó de su Philadelphia natal a California, a un pueblo a unas 2 horas al norte de San Francisco. En 1971, fue testigo de un enorme derrame de petróleo en la bahía de San Francisco, cuyos daños ecológicos le hicieron consciente de lo nocivo que es el uso de gasolina. Un año más tarde, el vice-sherif de su pueblo (al que conocía por las frecuentes visitas que le hacía a su plantación personal de maría) falleció repentinamente a los 26 años dejando mujer y dos hijos, así como un brillante futuro profesional. Su muerte le impactó profundamente, como prueba tangible de la fragilidad de la existencia y lo efímero de la felicidad y el éxito. A los pocos días decidió caminar hasta otro pueblo a unos 35 km con su mujer a ver un concierto. Una vez allí le ofrecieron llevarlo de vuelta en coche, pero decidió volver a pie de nuevo. Y así empezó a caminar a todas partes, y un día acabó convirtiéndose en 22 años.

Sin embargo, en un país donde a la gente le gusta tanto ir en coche, Francis se vio envuelto en infinitas discusiones con sus amigos y conocidos justificando su decisión de dejar de tomar vehículos motorizados. Así que en 1973, el día de su 27 cumpleaños, decidió darse un respiro y dejar de hablar. Y se sintió tan a gusto y relajado que, como le pasó con la decisión de ir a pie, casi sin darse cuenta un día se convirtió en nada más ni nada menos que 17 años (¡que se dice rápido!). Dijo que lo primero que aprendió al dejar de hablar sobre si mismo: durante todos esos años no había estado escuchando a la gente. Sólo había escuchado lo justo para imaginarse lo que la otra persona iba a decir e inmediatamente empezar a pensar en lo que iba a decir él, en un afán por demostrar lo listo que era o lo mucho que sabía. Eso le entristeció, al pensar en todas las oportunidades perdidas de escuchar y aprender que había malgastado.

Después de pasar largas temporadas caminando por el país y en contacto con la naturaleza, Francis fue interesándose más y más por el medio ambiente, y un buen día decidió ir a la universidad. Se presentó a una universidad en Oregón y pidió ser admitido a pesar de no hablar, y sorprendentemente lo aceptaron. Más tarde hizo algo parecido en una universidad de Montana para estudiar un máster y, a pesar de que no tenía un duro en el bolsillo le aceptaron también (dijo que por aquél entonces había repetido muy a menudo el gesto de mostrar hacia afuera los bosillos vacíos).

Mientras era estudiante de posgrado dio clases en la universidad con gestos y, aunque al principio los estudiantes se mostraron poco receptivos, al cabo de poco sus clases tuvieron mucho éxito. A veces incluso interpretaban que había dicho cosas en las que él no había pensado, cosa que le hizo aprender mucho de sus alumnos. Si un profesor no aprende mientras enseña, dijo, es que no está enseñando bien.

Unos años más tarde decidió ir aún más allá académicamente y fue a solicitar una plaza de doctorado en la universidad de Wisconsin, donde su gesto de los bolsillos vacíos volvió a funcionar. Decidió especializarse en derrames de petróleo, que fue el tema de su tesis doctoral, a pesar de una cierta oposición de sus profesores que no le veían interés al tema. Sin embargo, en marzo de 1989, muy poco después de que acabara su tesis, ocurrió un enorme derrame en Alaska conocido como Exxon Valdez, considerado como uno de los peores desastres ecológicos de la historia. Como él era el único académico a nivel doctoral estudiando el tema, su trabajo obtuvo un reconocimiento considerable.

En 1990 asistió a los actos del Día de la Tierra en Washington con sus padres y en un momento dado le salieron las palabras “gracias por venir”, que le sonaron tan raras que tuvo que girarse para ver quién las había dicho. En ese momento decidió volver a hablar ya que pensó que su trabajo sería más efectivo si volvía a hablar, ya no tenía sentido seguir en silencio. El silencio había sido una oportunidad para aprender no un fin en si mismo, ni tampoco una manera de apartarse del mundo.

Después de volver a hablar fue nombrado Embajador de buena voluntad para el programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, y el departamento de costas de los Estados Unidos le ofreció un trabajo para ayudarles a escribir regulaciones sobre derrames de petróleo. Como seguía sin tomar vehículos motorizados fue en bicicleta y tuvieron que esperar dos meses a que se incorporara al puesto.

Después de ese trabajo decidió caminar por América del Sur, y un buen día caminando por Venezuela tuvo una epifanía. Se dio cuenta de que rechazando el transporte motorizado había creado una prisión en la que se encontraba atrapado, y necesitaba escapar. Cuando se subió a un autobús en la frontera le pareció oír el ruido de cada pieza del motor bajo sus pies, como si de un concierto mecánico se tratara.

Ahora John Francis tiene 62 años y sigue viviendo en su pueblo al norte de San Francisco y empieza cada mañana con una larga caminata, pero conduce un coche híbrido que le regaló la productora que ha comprado los derechos de su libro (Planet Walker, Caminante del planeta) para convertirlo en película. Además hace años fundó una ONG llamada Planet Walk para promover la educación medioambiental, y da montones de charlas sobre medio ambiente y sobre sus experiencias por todo el país.

Después de la charla hubo un turno de preguntas, dos de las cuales me parecieron particularmente interesantes: una señora le preguntó si durante todos esos años caminando en solitario y sin hablar con nadie no le invadió la soledad, y él dijo que escribía y pintaba cada día en su diario. Además, desde el principio aprendió a tocar el banjo y con la música comunicaba sus emociones (al final de la charla tocó una canción compuesta por él con su fiel banjo que le ha acompañado durante tantos años). También le preguntaron si no pensaba que perdió oportunidades de cambiar las actitudes y conciencias de la gente que conoció por el hecho de no hablar, y si se arrepentía de esa decisión, y él dijo que uno sólo tiene la obligación moral de cambiarse a sí mismo.

Related posts: