Hace tiempo que quería escribir sobre un tema que me toca mucho la moral aquí en Estados Unidos: la costumbre de que las mujeres se pongan el apellido del marido al casarse, incluso cuando son mujeres reconocidas profesionalmente, que han publicado artículos o libros, etc. Como bien dice Luna, una española que vive en Canadá donde también impera esta costumbre, me resulta francamente desagradable que tanto la familia de mi pareja como los amigos o conocidos den por sentado que me voy a cambiar de nombre al casarnos y que me miren horrorizados al contestar que de eso nada.

He tenido varias discusiones sobre este tema con algunos americanos, incluso con una americana casada con un español, y aún tengo que encontrar a alguien que esté a favor de que la mujer mantenga su propio nombre. A ellos les parece muy poco práctico que una pareja tenga apellidos distintos, sobretodo al tener hijos. Luna explica a la perfección la manera de pensar de los americanos y canadienses sobre este tema:

…les parece un obstaculo infranqueable que la mujer no cambie de nombre al casarse. Porque a ver: en el caso de que la madre quiera ir a recoger a sus hijos al colegio y no tengan los mismos apellidos, como van a saber los profesores que se trata de su madre y no de una impostora? (!?!?!?!?) O en los papeles del seguro, como se puede demostrar que una pareja esta casada si no tienen el mismo nombre? [...] a veces cuando hablo del tema con mis amigos/as tienen la misma reaccion que si dijera: ‘quiero ponerme un burka para ir al gimnasio porque es lo que hacemos en mi pais.’ Vamos, como si fuera una fundamentalista cultural o algo asi por no querer cambiar de nombre.

La mayoría de estos argumentos sobre las dificultades de tener apellidos distintos dentro de la misma familia, en España se neutralizan enseguida por el hecho de tener un segundo apellido dado por la madre. Pero aún con sistemas mono-apellídicos como el americano, no me parece que el hecho de tener un apellido distinto al del marido tenga que ser un obstáculo insalvable. Cuando la gente me argumenta que es muy práctico a la vez que unificador presentarse a los demás como “los Anderson” o “la familia Anderson”, les digo que no me parece tan diferente de decir “los Anderson López” o “la familia Anderson López”, cosa que sin embargo les parece rara.

Curiosamente, a esta misma gente no les parece tan raro que algunas mujeres “feministas” opten por unir su apellido al del marido con un guión, por ejemplo Vanessa Anderson-López. O que añadan el apellido del marido manteniendo el suyo propio como middle name, que es un segundo nombre de pila que tienen los americanos pero que usan para bien poca cosa. Una que optó por esta opción fue Courtney Cox al casarse con David Arquette, pasando a llamarse Courtney Cox Arquette. Sin embargo, el apellido que cuenta es el último, ya que el middle name es puramente decorativo.

auge del cambio de apellido al casarse y del feminismo de pintalabios

Por otro lado, los mismos que ven montañas de obstáculos a que la mujer mantenga su apellido, no los ven en la pesadilla burocrática que significa el cambio: hay que renovar el carnet de conducir, el pasaporte, la tarjeta de la seguridad social, los títulos académicos, etc. Y en caso de divorcio, vuelta a empezar (a menos que se quieran ir acumulando apellidos como en los chistes de la viñeta de arriba). Ni tampoco ven ningún problema en que cuando una mujer cambia su apellido de repente sus compañeros del colegio o parientes lejanos ya no tengan manera de localizarla. Lo único que les parece un poco problemático es cuando la mujer tiene una carrera artística o académica y su nombre es reconocido en su círculo profesional. Aún así, muchas optan por cambiarse de nombre igualmente (como hizo Sarah Michelle Gellar que ahora se llama Prinze “como gesto de amor” a su marido).

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que Estados Unidos sea un país tan étnica, lingüística y culturalmente diverso, pero a la vez tan anglosajón en las costumbres sociales, y tan míope hacia otras costumbres. Por esa razón la mayoría de los extranjeros que vienen a vivir aquí se cambian el formato del nombre para americanizarlo, como los hispanos de doble apellido que pasan a usar sólo uno, para evitar engorros. Un ejemplo divertido de esta miopía típica de cualquier país, pero aún más aquí, lo dio Juan Pablo hace algunos meses en su blog:

Las dos tarjetas de crédito que tengo (una para irme dando un buen historial de crédito y pillar millas y la otra “por si acaso”) estan en el mismo banco pero las crearon con dos nombres diferentes (Juan P. López y Juan Pablo Puerta López) que no me molesté en unificar en su día. Los dos nombres o identidades mantenienen dos historiales de pagos o impagos completamente separados. Juan Pablo Puerta no usa casi nada su tarjeta y se olvido de hacer un pago de un dominio que no esperaba, lo que hizo que el més pasado crédito bajara a límites horribles y empezara a recibir ofertas de oscuras empresas ofreciendoles tajetas de alto interés. Por su parte Juan P. López ha pagado siempre sus facturas a tiempo y ha visto en el mismo més como su línea de crédito se ha duplicado. En un día normal puedo recibir dos ofertas completamente diferentes de las mismas empresas de crédito, una destinada a quien se suele olvidar de hacer los pagos y otra ofreciendo mucha liquidez a alguien con supuesto mayor poder adquisitivo.

Este debate sobre el cambio de apelllido de las mujeres no es nada nuevo en este país, pero lo curioso del caso es que según un estudio de una profesora de Harvard en 2004, en los últimos 10 años el número de mujeres que mantienen su apellido no ha aumentado sino que ha disminuido. Dice que una de las causas podría ser la vuelta a una visión más conservadora del matrimonio en la era republicana de Bush, pero también la comodidad igualitaria actual, en la que las mujeres ya no sienten que tengan que reivindicar nada como la generación de los años 1970s. Un artículo de la revista americana Slate publicado poco después del estudio lo resumía así:

… el nombre de soltera ya no es una tensa cuestión política. Hoy en día no es motivo de sopresa que una mujer de mente independiente tome el apellido del marido, como tampoco lo es que anuncie que se va a quedar en casa con los niños. Hoy en día, la decisión es puramente de conveniencia, de un cierto tipo de lujo – ¿qué nombre te suena mejor? ¿qué te apetece hacer? La política es secundaria. Nuestra independencia fundamental no está tan en peligro como para que tengamos que cambiar nuestros nombres. La declaración de principios ya se ha hecho, gracias a una generación más dogmática. Ahora nos atrae lo tradicional. [..] Como mucho del feminismo de hoy en día, superficial, satisfactorio, de pintalabios: una puede, al fin y al cabo, tenerlo todo.

Me parece escandaloso que mientras en otros países las mujeres están consideradas por sus maridos poco más que como sirvientas o animales de carga, y donde sus derechos son ínfimos o inexistentes, en el “primer mundo” americano incluso las más feministas caigan en esta tradición anacrónica del cambio de apellido. Porque aunque a ellas no les cause ningún inconveniente y les facilite la vida a nivel práctico, en lo simbólico sí que representa una regresión de los derechos de las mujeres en el mundo.

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