He pasado buena parte de esta semana en Praga, una ciudad que pisé por primera vez hace nada más ni nada menos que 14 años (la vejez es imparable), en la que he vivido (¡dos veces!), y que parece que no puedo dejar de visitar. Praga es una ciudad muy ligada a mis años formativos, una ciudad a la que he dicho adiós varias veces pensando que era la última pero a la que he siempre he vuelto. Medio por casualidad, medio por cariño, y un poco por costumbre, mi destino estuvo en Praga durante mucho tiempo.
Hacía 4 años que no había vuelto a visitarla, y 5 desde que me mudé de mi pisito bohemio en el barrio de Žižkov. Ya entonces era una ciudad imparablemente turística, sobreexplotada. Era una ciudad que había que disfrutar desde dentro, casi a escondidas. Cuando vivía aquí de alguna manera me volví inmune a las masas de turistas aborregados, para mí eran casi invisibles. Pero esta vez no he podido mirar hacia ninguna parte sin tenerlos encima, y vaya si los he visto. Quizás también por la edad, que hace disminuir la tolerancia hacia lo molesto, esta vez la prostitución turística de Praga se me ha hecho difícil de soportar.
Por suerte aún me acordaba de donde encontrar terrazas escondidas y de los recovecos acogedores. Excepto alguno que me dijeron que llevaba varios años cerrado, la mayoría de mis oasis urbanos favoritos seguían allí. Y aunque no me transportaron al pasado, sí que me ofrecieron un remanso de paz en este zoo en el que se ha convertido esta ciudad, antaño tan mágica y misteriosa.

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