de cuando el mundo aún tenía fe en las Naciones Unidas

Hace días que intento escribir sobre el libro Sexo de emergencia y otras medidas desesperadas, de Kenneth Cain, Heidi Postlewait y Andrew Thompson, sin conseguir encontrar las palabras adecuadas. A pesar de su equívoco título (de sexo hay poquito), se trata de un diario cruzado de tres amigos que se conocieron trabajando para la ONU en Cambodia en el 1991, que narra sus vivencias en varias misiones de paz desde entonces y durante los 10 años siguientes. Aunque las motivaciones de cada uno son diferentes, los tres empiezan con una gran ingenuidad e idealismo con el éxito de la misión en Cambodia, que a lo largo de los años se va transformando en un amargo desencanto y en un descenso al mismísimo infierno.

Cuando fui a trabajar en Congo a principios del 2005 el libro se había publicado hacía poco y, al ser novata en misiones de paz, varias personas me lo recomendaron como una muy buena descripción de este tipo de trabajo y el modo de vida. El libro había causado furor en toda la ONU y no conseguí encontrarlo ya que la primera edición se había agotado, hasta que se publicó la segunda edición hace unos meses, cuando además se publicó también la edición española en Ediciones B. Recordando los comentarios de colegas y amigos sobre el libro, al empezar a leerlo pensé que sería más una recopilación de anécdotas y aventurillas con la ONU en países en conflicto, que no un análisis crítico de su trabajo. Esperaba unas memorias cargadas de adrenalina y de nostalgia del terreno, y no la feroz crítica a las misiones de paz y al intervencionismo que es.

En uno de los pasajes que según he leído levantaron más ampollas entre los altos estamentos de la ONU, Andrew dice (traducción casera al español ya que sólo tengo la edición en inglés):

[...] para mí sólo hay una lección aprendida y me mira fijamente cada día mientras como mi almuerzo: Si los cascos azules de la ONU se presentan en tu ciudad o pueblo y se ofrecen a protegerte, corre. O bien consigue armas. Vuestras vidas son mucho menos valiosas que las suyas.

Andrew, médico neozelandés hijo de misioneros, dice esto después de haber dirigido el primer equipo forense de la ONU que empezó a abrir fosas comunes justo después de la guerra en Ruanda y en Bosnia para recoger pruebas para juzgar los crímenes. Después de pasar días interminables desenterrando centenares de cuerpos en descomposición (hombres, mujeres y niños), asesinados sin sentido mientras la ONU miraba hacia otro lado, no es de extrañar que Andrew sienta rabia e incluso rencor hacia la organización.

Los primeros capítulos del libro parecen un poco la descripción de unas vacaciones de lujo, y se nota una cierta arrogancia en las palabras de nuestros tres protagonistas, que creen ingenuos que su mera presencia (la presencia de la ONU) va a acabar con cualquier conflicto y va a propagar la democracia por todo el mundo como por arte de magia. Sin embargo, a medida que la realidad se les cruza por el camino, se ven obligados a reconsiderar sus creencias e ideales, y a reconocer su ignorancia de los países en los que trabajan, y de las dificultades que el intervencionismo puro y duro entraña. Al llegar al final de su trayectoria por el infierno se ven obligados a admitir su fracaso como agentes de la paz y mensajeros del bien en nombre de la ONU.

El libro no ofrece soluciones a los dilemas humanitarios, los autores dicen que lo escribieron simplemente para dejar constancia de lo que vieron y vivieron durante momentos históricos clave del siglo veinte. Sin embargo, su descarnada descripción de los conflictos que vivieron y del papel que la ONU jugó en ellos, así como la crítica a su propia incapacidad para hacer nada más de lo que hicieron, convierten el libro en un valioso testimonio de la historia reciente. Y en una prueba más de lo huecas que resultan frases como “nunca más” al término de una guerra, o de que no basta con tener buenas intenciones para ayudar a los demás.

Para mí los pasajes más interesantes del libro son los momentos de introspección del doctor Andrew mientras excava fosas comunes en Ruanda y Bosnia, en los que no sólo culpa a la ONU de las matanzas sino también a él mismo, a todo el mundo. La ONU no intervino por cobardía, pero en cierto modo todos somos culpables de inmovilidad.

Dice Andrew:

Aunque el Tío Sam no quiso y Dios no pudo y la ONU simplemente no lo hizo, Ken y yo habríamos parado esto. Sé que es ridículo -él es un abogado y yo soy un médico- pero cuanto más lo pienso, más difícil es evitar esta sensación de que en parte es culpa nuestra. Habríamos tenido que estar aquí para proteger a esta gente y no nos presentamos. Habríamos tenido que ser capaces de cambiar tan sólo este pedacito de historia ruandesa, pero no lo hicimos. La gente mata. El Dios al que le rezo no protege a los débiles, así que sólo la gente puede pararlo. Somos gente y no lo hicimos. Todos somos culpables.

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