Ya hace más de un mes que estoy trabajando en Bukavu, y es precisamente por eso por lo que no he tenido tiempo de actualizar el blog. Eso y el alud de spam que me dejó temporalmente sepultada e incapaz de revivir en blog.
Pero bueno. Aquí estoy de nuevo y espero poder seguir escribiendo a menudo porque las Elecciones (en mayúsculas, porque serán las primeras de la historia de este país, si no contamos las pequeñitas de 1960) llegan en menos de dos meses.
Cuando llegué a Bukavu la estación de lluvias aún se hacía notar con desagradable recurrencia, con chaparrones diarios que convertían toda la ciudad en un enorme barrizal. Por suerte enseguida encontré una casa a escasamente 500 metros de mi oficina. Lo malo de la proximidad es que siempre me tocaba ir a pie al trabajo, con lo que cada día la ropa limpia me duraba 30 segundos y cada mañana llegaba a la oficina con los bajos del pantalón y los zapatos cubiertos de barro. El marrón nunca ha sido mi color favorito.
Un día tuve que ir a Bunyakiri, un pueblo a unos 160km de Bukavu, y la “carretera” (mejor dicho, sucesión de baches) estaba tan llena de barro que tardamos más de 4 horas en llegar. Por el camino nos cruzamos con varios camiones de mercancías embarrancados, con todos los pasajeros empujando para intentar proseguir el camino (que a ellos les debió durar por lo menos 3 veces más que a nosotros…).
Pero hace unos pocos días la estación de lluvias acabó y con ella los engorrosos barrizales. Gracias a Dios, me dije yo aliviada pensando en lo agradable que iba a ser pasear por las calles de Bukavu. Inocente de mí, no sabía que el polvo se convertiría en algo tanto o más engorroso que el barro, formando enormes nubes que te hacen imposible ir a pie a ningún sitio sin asfixiarse.
Pues ahora espero impaciente que vuelva a llegar la estación de lluvias dentre de unos meses, y supongo que entonces esperaré impaciente a la estación seca, y así sucesivamente. Y es que nunca llueve al gusto de todos (nunca mejor dicho).
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