En realidad no sé si llamarla mi ciudad ya que, como he dicho otras veces, yo me siento más extranjera del mundo que otra cosa (y parece que no soy la única). Pero cada vez lo parece más, a pesar de los absurdos y excesivos controles de fronteras (sólo os diré una cosa: qué tranquilidad esta vez sin llevar embutidos en la maleta, aunque lo compensé con una fregona completita con su palo y todo).

Vuelvo a estar en San Francisco en mi apartamento de ladrillo rojo del 1909, también pintado de paredes rojas en el salón. Pero por pocos días ya que en menos de dos semanas me espera otro largo viaje (y más divertidos controles de fronteras) a Sudáfrica donde me han invitado a una conferencia sobre periodismo digital.

Y vuelvo a disfrutar del arte callejero, del ambiente internetero (incluso en el arte callejero, como podéis ver aquí) y de los tropecientos mil restaurantes que ofrece la ciudad. Lo único que no disfruto ya es la enormidad de la distancia, no tan sólo física sino horaria y mental que hay hasta aquí. Aunque ayer tuve la ocasión de conocer a dos tuiteros catalanes muy majetes con los que me lo pasé muy bien pontificando sobre la vida americana y la muerte de la prensa escrita.

de vuelta a mi ciudad

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