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Porque desde que llegué al Congo mi imagen de la iglesia en general y de las monjas en particular ha cambiado (aunque mi idea de Dios -o mejor dicho, de la ausencia de Dios- no ha cambiado, sino que aún se ha visto reforzada). Y es que nunca antes había visto tanta pobreza y tanta desesperación, tanto dolor y tanto sufrimiento como aquí. En este país el horror es el pan de cada día. Pero también en este país me he dado cuenta de lo que realmente significa tener fe y de lo que realmente significa la bondad..
Aquí el Estado está tan podrido y tan corrupto que lo único que se preocupa de financiar son sus propios bolsillos, sin importarle para nada que la mayoría de su población muera en las calles. El Estado no se preocupa ni del acceso a la educación ni de de dar unos cuidados médicos mínimos, ni de impartir justicia o de mantener un cierto orden y seguridad; en realidad no se preocupa ni de ofrecer ningún tipo de servicio social, por básico que sea, a sus ciudadanos..
Así que la iglesia se encarga de cubrir muchas de estas carencias, con lo que muchas escuelas, orfanatos o hospitales existen gracias a su financiación y buena voluntad..
Allí trabajan muchas monjas misioneras que llevan muchos años e incluso décadas viviendo en el Congo. Viven de manera sencilla y a pesar de la avanzada edad de la mayoría de ellas, trabajan incansablemente en orfanatos, centros de acogida para niños de la calle o hospitales para ayudar a los más débiles. Y tienen una paciencia que ni pasando mil años estudiando filosofía tibetana conseguiría alcanzar yo..
Como por ejemplo la extraordinaria hermana Roser Morera (en la foto de arriba), originaria de Barcelona pero que lleva nada más ni nada menos que 37 años viviendo en el Congo (teniendo en cuenta que tiene 67 años, lleva más de media vida en este país). Trabaja en un centro de rehabilitación para minúsvalidos donde ellos mismos están empleados en la administración, restaurante, lavandería, etc. En un país en el que los minusválidos son considerados menos que inútiles, ella consiguió que todo el personal del centro fueran minusválidos con un trabajo digno y un sueldo, y supervisa personalmente el funcionamiento del restaurante del centro donde cada día se compra la comida y se cocina para un centenar de personas. Además trabaja como educadora social con niños de la calle, y por si todo esto fuera poco también dedica su tiempo libre a un orfanato donde coordina las adopciones de niños para familias españolas..
Parafraseando lo que dijo Horacio hace unos días, paradójicamente estas monjas misioneras que son el producto de otra época y de otra mentalidad, en mi opinión se han convertido en las auténticas heroínas de este siglo tan faltado de héroes y de ideales, y merecen toda mi admiración y respeto.