Último día de un año muy especial, son las tantas de la madrugada y me encuentro casualmente en uno de los pisos en los que viví en mi época de estudiante en Barcelona. Es inevitable hacer balance de este 2006 tan extraño.
¿Continuar con el blog sí o no? Empezó como una manera de compartir fotos y anécdotas sobre el Congo, y ahora que ya no estoy allí me pregunto qué sentido darle, qué rumbo. No sé de qué voy a hablar, ni de si va a interesar a la gente que se interesaba por las historias africanas. Pero escribir se ha convertido en una adicción.
Podría hablar de, por ejemplo, el azar y las coincidencias, de cómo todo y todos estamos interconectados de alguna manera. El primer día que salí por Barcelona después de volver del Congo fui al cine Verdi con un bloguero al que admiro y leo desde hace tiempo pero al que no conocía. Hacía muchísimo tiempo que no había ido a ese cine (unos dos años, creo), y me trajo muchos recuerdos de mi época de estudiante en Barcelona. Fuimos a ver una película bosnia, ambientada en Sarajevo, que a su vez me trajo muchos recuerdos de mi época de estudiante en ésa ciudad.
A la salida del cine mi acompañante saludó a una chica, que resultó ser una compañera de clase mía de la universidad a la que no había visto desde que acabé la carrera hace ya varios años: alguien a quién acababa de conocer conocía a alguien que yo conocí hace más de diez años. Aunque esto no es lo que más me fascinó de ese encuentro: mientras mi acompañante intercambiaba saludos con mi antigua compañera de clase yo miraba el cartel de un documental que se proyectaba en otra sala dirigido y protagonizado por un antiguo profesor nuestro, y entonces, en ese preciso instante, el director-protagonista en cuestión pasó junto a nosotros con su hermano, el cual a su vez también co-protagonizaba la película. No sólo una coincidencia de ésas que me encantan, sinó metalenguaje en estado puro.
O podría hablar de rumbos, ya que me pregunto cuál debo tomar desde este cruce de caminos. Sólo sé que no sé nada. Y una de las cosas que he aprendido este año es que cuánto más tiempo pasas fuera de casa más difícil es definir dónde te encuentras. Qué es el aquí y qué es el allí. Te sientes cómoda y a gusto en tu país de adpoción, pero nunca puedes llegar a sentirte completamente en casa. Y cuando vuelves a tu país de orígen, a tu patria, tampoco acabas de sentirte del todo en tu casa, ya no, porque has perdido tus puntos de referencia, tus raíces. Así que cuánto más tiempo pasa más extranjero te vuelves en tu país o en cualquier otro. Dicen que si viajas mucho acabas por sentirte ciudadano del mundo. Yo he llegado a la conclusión de que si vives en muchos países acabas por sentirte extranjero del mundo.
Barcelona es una ciudad que siempre me ha encantado. Empecé a vivir en ella hace más de 10 años y cada vez que vuelvo, cuando llego a la estación de tren de Passeig de Gràcia se me corta la respiración al salir a la calle, la gente, los coches, los árboles y las farolas. Al ver la casa Batlló, y la cálida luz de Barcelona. Se me corta la respiración y siento que estoy donde debo estar, siento que de alguna forma todo encaja. Cada vez es un profundo suspiro de añoranza contenida y de emociones olvidadas volviendo a correr por mis venas. Y cada vez es como si fuera la primera, y la intensidad siempre es la misma y siempre me sorprende. Pero estos días, por primera vez, me he sentido extranjera en Barcelona (y no sólo por la alarmante profusión de Starbucks que he observado, 18 en Barcelona para ser exactos). Aunque en realidad esta vez no me ha sorprendido: soy yo la que ha cambiado. Tenía que pasar tarde o temprano.
Está a punto de empezar un nuevo año y de abrirse nuevos horizontes. No tengo ni idea de cuáles, pero me gusta la sensación.
dudas

No related posts.