Si por cada vez que algún estadounidense me pregunta de dónde soy y al decirle de cerca de Barcelona dice “eso es el País Vasco, ¿no?” me dieran un dólar, ya no necesitaría trabajar nunca más. O por cada vez que explico que el País Vasco y Cataluña no son la misma cosa y que las lenguas que se hablan allí son radicalmente distintas, y entonces responden cosas del estilo “ah, no sabía que el castellano, la lengua de Cataluña, fuera tan distinta al español”, o empanadas similares.

Aquí abajo: clase de geografía en una escuela pública americana. Real como la vida misma.

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