Más de uno me ha preguntado qué estoy haciendo por Croacia, si estoy de vacaciones o qué, y cuándo tiempo voy a estar por aquí. Pues, como dirían los Monty Python, “and now for something completely different”: Croacia es la primera parada en un viaje de algo más de 2 meses por los Balcanes cuyo motivo principal es recopilar información para un libro sobre los vinos de la región. Y es que siempre he pensado que es bueno reinventarse a si mismo de vez en cuando, no caer en la rutina y explorar distintos caminos (personales y profesionales). Aunque quizás esta vez me he pasado un poco con el contraste con mi último trabajo en Congo.

Curiosamente, mi afición por el vino se consolidó en Congo. Y no me refiero a afición en el sentido alcohólico, sino cultural, enológico. En España, con todo tipo de vinos a mi alcance casi no les presté atención, ni en los restaurantes, ni en casa cuando mi padre bebía su vaso diario, ni siquiera en las ocasiones familiares en las que era de rigor beberlo. Pero de pronto, en Congo, al no tener apenas acceso al vino (y menos al buen vino), me empezó a picar el gusanillo por beberlo. En Kinshasa, se podía comprar vino en varios supermercados, pero malo, sobretodo surafricano. Amigos franceses e italianos se traían botellas de sus países cuando iban de vacaciones, y de vez en cuando organizaban cenas en sus casas en las que sacaban las preciadas botellas como un lujo escaso. Y nos sabían a gloria.

En Bukavu me enteré de que había un empresario belga (dedicado al té) que importaba vinos franceses para su consumo propio y para vender a los expatriados de la ciudad, ávidos de olvidarse de la situación precaria que vivían a diario con un lujo europeo como aquél.
Siempre queremos aquello que no podemos tener.

Related posts: