Ayer, hablando del documental ¿Qué compraría Jesús?, me acordé de que hace un par de semanas visité por primera vez el supermercado Costco y que desde entonces había querido visitar su página web. Más que un súper es un macromercado donde lo venden todo en grandes cantidades o en paquetes gigantescos, como botes de ketchup de 2 litros, paquetes de cereales de 5 quilos o bolsas con 50 pastillas de jabón.
Supuestamente sus precios son al por mayor y por lo tanto más baratos que los del resto de los supermercados, aunque yo sólo vi algunas cosillas más baratas, no todas. Además la calidad de sus productos a veces no es la misma (tienen su marca propia, de un nivel similar a la del Día, que se llama Kirkland), y tardas meses en acabarte las cosas compradas en múltiplos de 100 (con el problema añadido de la fecha de caducidad de los productos de alimentación).
Sin embargo, estos precios “tan baratos” tienen truco: para comprar en Costco hay que ser miembro y pagar una cuota anual, como si fuera el gimnasio. Con lo que consiguen que la gente que se hace miembro se sienta en la obligación de comprar siempre allí. Y de comprar cantidades monstruosas de todo cada vez que va, ya que para que salga barato hay que comprar mucho y a menudo. Viva el consumismo que crea esta falsa sensación de felicidad, como diría el reverendo Billy.
Pues hoy, un par de semanas después de mi primera experiencia Costco de la mano de dos miembros (sobra decir que seguramente es la cadena de supermercados más popular en Estados Unidos), hoy he descubierto en su página web que ¡también venden ataúdes a precio de ganga! Habrá que aprovechar la oferta y morirse ya, señores, que los más baratos se acaban.

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