Hacía tanto tiempo que quería ver la película Sueño checo (Český sen), de hecho desde que se rodó en 2003, que me había olvidado de ella casi por completo. Hasta que el otro día me la recomendó automáticamente el maravilloso invento que es Netflix, un vídeo club virtual en el que pagas una cuota de 4 euros al mes y te mandan a casa el DVDs de las peli (de estreno o no) que les pides, la ves, la devuelves y entonces te mandan otra, y así sucesivamente.

Sueño Checo es un interesantes documental de Vít Klusák y Filip Remunda, dos estudiantes listillos de la escuela de cine de Praga (FAMU) sobre una campaña publicitaria que montaron en mayo del 2003 anunciando un nuevo hipermercado inexistente llamado irónicamente Sueño Checo. Con una subvención del Ministerio de Cultura, la co-producción de la Televisión Checa, y la colaboración de varios profesionales publicitarios y de investigación de medios, lograron crear la ilusión de que este nuevo hipermercado maravilloso y súper-barato estaba a punto de abrir sus puertas en Praga. La original campaña consistía en carteles con varios mensajes distintos del estilo “No vayas”, “No compres”, “No hagas colas”, en plan psicología inversa, y en divertidos anuncios en la tele en los que varias personas describían su hipermercado ideal. Se desarrolló en mayo del 2003, cuando yo aún vivía en Praga, y recuerdo perfectamente el desconcierto y curiosidad que generaron los carteles.

Pero después de haber creado una gran expectación entre los praguenses, y de que el día de la inaguración se presentaran unas 2.000 personas a la cita, resultó que el tal hipermercado de ensueño no existía: tan sólo había un gran andamio sujetando una lona pintada posando como la fachada del esperado Sueño checo.

El documental sigue a Klusák y a Remunda durante todos los preparativos de la campaña publicitaria hasta la apertura del falso supermercado, mostrando todos los pasos que siguen para crear la perfecta ilusión del hipermercado de ensueño, desde como van a cortarse el pelo y toman prestados unos trajes de ejecutivos, la sesión fotográfica con los productos para hacer los folletos, el rodaje de los anuncios televisivos, las discusiones sobre los textos para las vallas publicitarias, e incluso la grabación de una canción compuesta expresamente para la ocasión. Una auténtica disección de la maquinaria publicitaria y de cómo se crean necesidades artificiales en la gente.

Para mí uno de los momentos más auténticos de la película es cuando al principio hablan con varios clientes de grandes superfícies y les preguntan por qué les gusta comprar y, contrariamente a lo que se podría esperar (estoy segura de que las respuestas en Estados Unidos habrían sido muy distintas), no son compradores compulsivos ni maníacos consumistas. Sus respuestas son bien humanas y comprensibles: después de haber pasado penurias en épocas pasadas, les gusta la cantidad de productos disponibles (no como en la época comunista en la que tenían que hacer cola para comprar plátanos, como dice uno de los entrevistados), y imaginar todo lo que pueden hacer con las compras al llegar a casa les hace felices. Es decir, la posibilidad de comprar lo que quieran, más que comprar mucho, es lo que les reconforta y les produce esa sensación de felicidad.

Otro momento particularmente interesante es cuando están discutiendo con los creativos publicitarios los eslóganes para los anuncios escritos y Remunda propone la frase “No te irás con las manos vacías” al pie del cartel, pero uno de los creativos le replica que eso es engañar al público ya que no habrá ningún hipermercado, y se niega a incluirlo. Entonces inician un acalorado debate que el publicitario cierra diciendo “los que hacéis películas mentís, pero nosotros en publicidad no”.

A medida que la película va avanzando lógicamente va creciendo la intriga para ver cómo va a reaccionar la gente el día de la falsa inauguración, y se nota que también los autores se van poniendo nerviosos. Sin embargo, parece que la mayoría de la gente se lo toma bastante bien, culpándose a si mismos por ser tan crédulos e ingenuos ya que era imposible que alguien ofreciera precios tan bajos como los del Sueño Checo. Al decirlo, se percibe una cierta tristeza en el aire por el descubrimiento, como si algo más que la ilusión de un hipermercado hubiera sido quebrada. En esa resignación contenida de muchos de los engañados se pueden percibir las heridas aún no curadas del comunismo, el complejo de inferioridad hacia el resto de Europa que no sabe lo que es la escasez, ante su inminente entrada en el club de la Unión Europea.

Pero no todos los engañados son tan estoicos, algunos se lo toman mal y critican a los autores por haberse burlado de gente inocente, la mayoría jubilados o con pocos recursos, y de haberlos hecho quedar como memos codicisos. En una escena memorable uno de ellos se queja por haber sido engañado junto a 2.000 ilusos más, y una mujer le replica enfadada diciendo que los políticos llevan años engañando impunemente a muchos más: a 10 millones de personas a diario.

Lo más curioso de la película es el gran revuelo que se levantó en los medios checos, sobretodo por la subvención que el gobierno les había dado, acusándoles de usar dinero público para tomar el pelo a sus ciudadanos. Además, se relacionó esta campaña falsa que vendía humo con las campañas institucionales para votar sí a la entrada a la Unión Europea, otro sueño inexistente que se estaba vendiendo a la gente como algo real.

Es una lástima que no haya más circuitos de distribución para las películas documentales para poder ver pequeñas joyas como Sueño checo (Český sen), o este otro del que habla Malos tiempos para la lírica y que también parece muy interesante.

el sueño checo

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