.
Como hacía mucho calor y en agosto toda la zona de la costa está saturadísima, me la llevé a un pueblo medieval del interior que es uno de mis favoritos: Besalú. Como no, paseamos por el puente al atardecer, disfrutando de la brisa, y después de un largo paseo nos sentamos un rato en un pequeño banco de piedra tras unas escalerillas. Una señora mayor encantadora bajó a darnos unos folletos turísticos porque dijo que los tenía en casa y no le servían, y como nos oyó hablar en francés desde su casa pensó que nos podrían interesar..
Por la noche nos sentamos al fresco de la plaza de la iglesia a comer ricas patatas de Olot y croquetas de pollo, con el obligado aperitivo de Ricart (¿porque les gustará tanto a los franceses?). En la mesa de al lado una familia de italianos comían macarrones con tomate mientras un grupo de niños jugaban a espadachines con cascos y espadas de plástico. Una chica rompió un cenicero pero nadie se inmutó..
Al llegar a casa y descargar las dos o tres fotos que saqué con mi camarita de bolsillo me sobrecogió la añoranza de este tipo de noches en este tipo de lugares, de sentir el peso de la historia a mi alrededor. Yo lo llamo añoranza preventiva...