Hace un par de meses leí un artículo muy bueno en el blog de Mariano Lozano titulado 34 hábitos a abandonar si vienes a los EEUU (el blog de Mariano, un español que vive en Seattle, es una fuente inagotables de información y consejos para cualquiera que quiera irse a vivir a los Estados Unidos). Hace poco publicó una especie de continuación titulada 39 costumbres que debes adoptar al venir a los EEUU, y aunque no estoy del todo de acuerdo con todos los puntos de las dos listas, sí que la mayoría son verdades como templos. Por ejemplo, me hicieron especial gracia lo de tocar demasiado a la gente (en este país hay que seguir la máxima de que corra el aire), o la falta de persianas para que no entre el sol por la mañana. Está claro que cualquier español que vaya a vivirse al extranjero va a echar de menos un montón de cosas que son diferentes que en la madre patria.

Una de ellas, que después de tantos años de vivir por esos mundos de dios aún me pregunto por qué es tan difícil de encontrar fuera de España, es la fregona, oh maravillosa fregona. Que conste que no me considero maruja, pero me gusta tener la casa limpia sin tener que arrodillarme y/o tener que escurrir trapos sucios con las manos, por eso la fregona me parece indispensable en cualquier casa digna de ese nombre. Sin embargo, en países como los Estados Unidos solamente usan las de gran tamaño, de pelo largo, en establecimientos comerciales, o bien otro tipo de fregonas de esponja que no me parecen nada prácticas para llegar a las esquinas y que son engorrosas de escurrir.

Así que después de años de haber estado usando sucedáneos a cual más patético, al llegar a los Estados Unidos, el país que según la Wikipedia inventó la primerísima fregona hace un siglo y medio, decidí ir a la caza de una fregona como Dios manda. Pero sin demasiado éxito. Así que después de haber rebuscado incansablemente en todas las tiendas tipo veinte duros del barrio chino, todos los supermercados y todos los almacenes de utensilios para el hogar que encontré, finalmente me llevé unos cuantos cabezales del Mercadona en la maleta de mi último viaje a España, y decidí iniciar a mi querida media mandarina al milenario arte de la chapuza ibérica. Como podéis ver aquí abajo: usando el palo de una de las falsas fregonas de esponja y gracias a un alambre cortado de una percha, consiguió excelentes resultados. Y, tarareando cierta canción que yo me sé, disfruté por fin de mi primera fregona fuera de España.

fregona-chapuza

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