(Esto de no poder subir fotos al blog me está matando, malditos cibercafés…)

El fin de semana lo pasé en casa durmiendo, leyendo o escribiendo. En silencio. Y es que había olvidado ya el placer del silencio, de poder oir tus propios pensamientos, tus latidos. Pararte y observar el tiempo. Cerrar los ojos y dormir un sueño profundo, blanco.
No solo eché de menos el silencio, sino muchas otras cosas, me doy cuenta cada día más. Y también echo de menos cosas de allí.
Muchas cosas pequeñas, como el olor de las frutas maduras o los colores vistosos. Aquí todo es oscuro, gris, marrón, negro.
El orden. Los semáforos, el transporte público, las reglas y los horarios. Todo sigue una pauta y sabes qué puedes esperar de cada cosa y cada situación.
El frío. Envolverme en mi larguísima bufanda de lana blanca, enrollada varias veces alrededor del cuello y mi nariz calentita debajo. El gorro tapándome las orejas, y las manos en los bolsillos, un caramelo en uno y las llaves de casa en el otro. Qué gusto pasear por las calles ahí debajo, como una tortuga en su caparazón, protegida y sin ser reconocida.
Y al pasear por las calles nadie si fija en mí. Nadie viene a pedirme cosas o a contarme alguna historia, ni siquiera nadie me mira. El placer del anonimato, de pasar horas sin cruzar palabra con nadie. Casi invisible.
La música. El baile. Lo público y lo privado. Sabes dónde encontrar ésto o aquéllo, dónde comprar, dónde tomar una copa o dónde bailar.
En el Congo puedes hacer de todo en cualquier parte, de cualquier manera y a cualquier hora. Para bien o para mal.

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