Me encantan los franceses. A pesar de lo gruñones y arrogantes que son, cuando alguien los critica delante mío yo siempre los acabo defendiendo sin saber muy bien por qué. Durante esta última visita a París finalmente me he dado cuenta de la razón, como si de una revelación se tratara: la comida.
Y es que por más quejicas y creídos que sean, yo se lo perdono todo en cuanto pienso en los maravillosos croissants y pastas que hacen (nada que ver con las cosas resecas que venden en las panaderías españolas), el paté celestial o la variedad de quesos absolutamente fabulosos que producen (un pelín más diversa que manchego de varias clases, que es la oferta habitual en España). Ya me pueden tratar como les dé la gana, mientras me den de comer manjares exquisitos (o sea, cualquier cosa).
Para los franceses el comer es la esencia de la existencia, y esta filosofía de vida me encanta. Por ejemplo, una vez leí que el director de cine Claude Chabrol nunca rueda en París y que escoge las localizaciones de sus películas en función de la guía de restaurantes Michelin. ¿Quizás por eso sus películas son tan buenas?
Pero además de por su gastronomía, los franceses también me encantan por cosas como los lavabos gratis en París o los miles de otros pequeños detalles ingeniosos que hace años que voy descubriendo. Como por ejemplo las prácticas etiquetas electrónicas en los supermercados, que permiten actualizar los precios de los productos en cuestión de segundos.
Cada vez lo tengo más claro: cuando sea mayor tengo que pasar un año en Provenza a lo Peter Mayle disfrutando de todas estas geniales cosas francesas.
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2 Comments until now
Ara si que veig que et fas vella, ja mires els llocs que tenen molt bon menjar
No sé pas qui me’n deu have ensenyat de planejar els viatges segons la gastronomia, ehem, ehem…