De vez en cuando va bien pasearse por la propia ciudad, la propia región o el propio país con ojos de turista. Ir a los museos más famosos, tostarse en las playas más concurridas y pasearse por las calles más llenas de tiendas de souvenirs entre la fauna de piel rojiza y pantalón corto. Así que a eso me dediqué la semana pasada en el Ampurdán y esta semana en Barcelona.

Al contrario que en Barcelona, en Figueres es fácil evitar los turistas ya que se concentran en el Museo Dalí, y inmediatamente se desplazan a las playas de la costa. Hacía bastantes años que no lo visitaba y ya no recordaba lo engorroso que es pasearse por las galerías inundadas por grupos de estudiantes o de jubilados que llegan en grandes autocares turísticos. No en vano es el segundo más visitado de España después del Prado. Tampoco recordaba lo cara que es la entrada (9 euros del ala) ni la escasez de cuadros famosos que quedan en el museo. A pesar de que desde la última vez que había ido recuerdo haber visto varias veces a lo largo de los años noticias en la prensa local hablando de nuevas adquisiciones, en realidad hay bien poca cosa que sea realmente interesante aparte del museo en si y como curiosidad varios cuadros de su juventud cuando aún buscaba su estilo.

Sin embargo, hay una cosa que no ha cambiado a lo largo de todos estos años: los turistas siguen luciendo sandalias con calcetines y cuellos enrojecidos por el sol, y les siguen gustando cosas como los trenecitos turísticos. Eso, por más que intento hacer de turista, nunca lo he acabado de entender: ¿no hay una flagrante contradicción en ponerse al mismo tiempo algo que se supone que es para airear los pies (sandalias) con algo que es para mantenerlos calentitos (calcetines)? ¿o en subirse a un trenecito de juguete con 60 años?

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