Ayer volví a Kinshasa después de pasar 5 días en Kampala, la capital de Uganda, asistiendo a un seminario. Fue mi segunda vez allí, ya que en octubre ya asistí a un primer seminario de los mismos organizadores, pero esta vez disfruté más de la ciudad ya que tuvimos un poco más de tiempo libre para salir o ir de compras (incluyendo un día entero, el domingo).
Y debo decir que mi estancia allí, como la primera vez, fue un auténtico placer. Parece mentira que dos países vecinos sean tan distintos de carácter, y que te sientas tan diferente en uno o en otro. Supongo que lo que marca la diferencia es la guerra aún reciente que ha sufrido el Congo (1997-2003), pero me cuesta creer que ésa sea la única causa de todas las desgracias de este país.
Lo primero que llama la atención al llegar a Uganda son las carreteras, y no sólo porque se conduzca por la izquierda (se trata de una ex-colonia británica), sino por el extraordinario buen estado del asfalto (con líneas blancas en medio, ¡y incluso arcén!), la existencia de señales de tráfico (¡y semáforos!) y la profusión de vallas publicitarias; además los conductores respetan más o menos las normas de circulación, con lo que a pesar de que también hay muchos embotellamientos de tráfico no producen esa desesperante sensación de absurdidad que el caos circulatorio de Kinshasa provoca.
La segunda cosa que llama la atención al adentrarse en Kampala es la abundancia de tiendas y centros comerciales de estilo europeo (o americano), de
restaurantes buenísimos, hoteles de calidad, bares o discotecas guays, y en general establecimientos del tipo al que estamos acostumbrados en Europa (¡incluso hay 2 cines!). Y es que Kampala parece una auténtica capital moderna y vibrante, aún en desarrollo pero con ganas de prosperar y atraer a visitantes y inversores; en definitiva una capital donde vivir cómodamente.
Y la tercera cosa que llama la atención al pasar unos días en el país, seguramente la que más, es la tranquilidad con la que te puedes mover por las carreteras y las calles de Kampala sin problemas, incluso por los sitios más turísticos como los mercadillos de souvenirs. Y la amabilidad de la gente, que es un gusto. No puedes enfadarte con ellos aunque te ofrezcan un mal servicio en algún sitio, porque enseguida se disculpan y te compensan al más puro estilo “el cliente tiene razón” (máxima de la que en el Congo no han oído a hablar). Y ni los policías ni los mendigos (de hecho no vi a ninguno) te piden dinero por la calle. Un día un policía incluso nos acompañó (¡gratis!) allí adónde íbamos porque nos habíamos perdido. Para nosotros que veníamos del maxi-corrupto Congo fue algo inaudito.
Con todo esto no quiero decir que los congoleños no sean simpáticos o buena gente, todo lo contrario, pero sin duda tienen una actitud totalmente diferente hacia los extranjeros (los blancos) que la de los ugandeses, mucho más agresiva y enfadada. Tristemente, me da la sensación de que en el Congo la gente aún ve a los blancos como opresores que sólo quieren aprovecharse de ellos, y por lo tanto como gente que les debe algo, y no cómo simples turistas, inversores o gente que puede ayudarles de alguna manera. Pero no se dan cuenta de que los responsables de sus desgracias de hoy en día no son los blancos, ya no, sino sus propios dirigentes corruptos.
Y a veces me pregunto si todas estas diferencias no tendrán que ver con el tipo de colonización de un y otro país, y sobretodo de quién fue el colonizador de cada uno…
Kampala vs. Kinshasa

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