Después de pasar unos días visitando Maui, una de las cuatro islas principales de Hawái, le tocó el turno a Kauaʻi, la más occidental de las islas. Y después de los grupos en autocar y los complejos turísticos en varias partes de la costa de Maui, con Kauaʻi me llevé una grata sorpresa. Resultó ser un isla mucho más tranquila y poco transitada, y también mucho más verde. A pesar de ser la primera isla en ser “descubierta” y habitada por colonizadores blancos (fue allí donde llegó el capitán Cook en 1778), y a pesar de haber tenido varias plantaciones de azúcar hace un siglo, hoy en día Kaua’i está poco desarrollada y con poco turismo, y tiene una población de apenas 55.000 habitantes. Aparte de un complejo turístico de lujo en la costa norte, el resto de poblaciones de la isla son poco más que pueblitos de casitas de madera y vida campechana, y la principal compañía en las playas son peces de colores y surferos empedernidos.
Además de la tranquilidad, Kauaʻi tiene otros grandes atractivos para mí mayores que los de las otras islas principales: el cañón de Waimea y la costa de Nā Pali. Tan sólo por estos dos parques, ya vale la pena ir hasta Hawái, aunque haya que caminar bastante (sobretodo en el segundo caso). No en vano, en la isla de Kaua’i se han rodado escenas de varias películas exóticas, como Indiana Jones en busca del arca perdidad, Parque Jurásico o Seis días y siete noches. En cuánto pueda colgaré fotos.
Y por si todo esto no bastara, Kauaʻi aún tiene otra particularidad más: una población de gallináceos salvajes (es un decir) que superan con creces la población humana de la isla. Corretean a su aire por todas partes: al borde de la carretera, en los aparcamientos, en los campos de golf, en los jardines de las casas y los hoteles, en las playas y en los lugares turísticos. ¡Incluso al borde del cañón de Waimea! Si al pasear por cualquier sendero ves un arbusto que se mueve, que no cunda el pánico ya que lo más seguro es que no se trate ni de serpientes ni bichos raros, sino de una simple gallina.
Todo esto, como es de imaginar, tiene la consecuencia nada agradable de ser despertado cada mañana a horas intempestivas por los cacareos de los gallos vagabundos de turno. Y es que todo lo bueno parece tener su reverso, y en el caso de Kaua’i son los gallináceos descontrolados.
Durante toda mi estancia en Kauaʻi estuve preguntándome de donde habían salido todos esos gallos y gallinas callejeros, si pertenecían a alguien o qué comían, hasta que consulté a la gran Wikipedia y me enteré de hay dos teorías para explicar la extraña profusión de estas aves: una dice que un gran huracán que tuvo lugar en 1992 destrozó una granja de pollos dejándolos libres y se esparcieron por toda la isla; la otra dice que fueron los trabajadores de las plantaciones de azúcar que los trajeron a finales del siglo XVIII para criarlos como comida y a lo largo de los años algunos se liberaron y multiplicaron. Sea como fuere, hoy Kauaʻi es un gran corral y no la isla perfecta que podría ser.
Kauaʻi , ese gran corral

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