Mis amigos no querían verla porque pensaban que sería un producto patriotero típicamente americano, pero finalmente fuimos a ver Banderas de nuestros padres en un cine de reestreno (mucho más barato que los cines normales, que cuestan 10 dólares), y me encantó precisamente por su tono antipatriotero y melancólico (como muy bien dice esta crítica, Clint Eastwood es uno de los grandes clásicos modernos).

Al verla pensé en el simbolismo de la bandera en este país, y el apego que parecen tenerle los americanos a juzgar por la abundancia de banderas que se ven por todas partes, no sólo en edificios oficiales sino también en casas particulares, o en forma de pegatina en los coches como el de la foto. Aquí la bandera encarna el sueño americano de que cualquiera, con esfuerzo, puede ser feliz en esta tierra de las oportunidades, y les recuerda a lo mejor de si mismos.

En España, en cambio, a mi parecer la bandera nos recuerda no a lo mejor de nosotros mismos sino todo lo contrario, o en todo caso los valores que encarna son mucho más ambiguos que los de la bandera americana. Por eso yo jamás la he visto colgada en la casa de nadie, ni he visto a nadie emocionarse con tan sólo mirarla. Pero claro, yo he vivido siempre en Cataluña, y ahí las cosas se complican…

Una curiosidad sobre las matrículas americanas: pueden personalizarse al gusto de cada uno, normalmente con las siglas del nombre del propietario, pero también con mensajes graciosillos o incluso dibujitos. La de California por defecto es muy sencilla, pero la de Arizona lleva un dibujito de un cactus y el subtítulo “the Grand Canyon State”, en plan anuncio publicitario.

Si todo va bien, allí estaré el fin de semana…

la bandera americana

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