Acabo de leer un artículo que hace unos días comentaba uno de mis blogs preferidos sobre desarrollo y cooperación (el de Chris Battman, en inglés). El artículo es del Washington Post y lleva el revelador título En la Liberia de posguerra, el paraíso entre la pobreza, y para hacerse una idea de su contenido traduzco un párrafo:

Mientras este empobrecido país se recupera poquito a poquito de 13 años de guerra civil, las industrias dirigidas a los gustos exquisitos de los miles de expatriados de sobretodo Europa y Estados Unidos que han venido a ayudar desde la llegada de la paz en 2003, están experimentando un auge. La cada vez más visible oferta de esplendores disponible para este relativamente acaudalado grupo ha hecho que algunos liberianos se pregunten si los extranjeros están aquí para servir a la nación o para servirse a si mismos.

El artículo usa el ejemplo de los restaurantes de sushi de alta calidad que existen en Monrovia, la capital de Liberia, pero absolutamente todo lo que dice se podría trasladar a la RD del Congo y seguramente a varios países más con presencia de operaciones de mantenimiento de la paz o gran concentración de ONGs. En Kinshasa no existen los restaurantes de sushi, pero si franceses, italianos o portugueses, todos extremadamente caros. Y la mayoría de extranjeros viven en lujosas casas con jardín y piscina cuyo alquiler mensual es similar a lo que un congoleño medio gana en un año.

Este abismo entre los extranjeros y los lugareños tanto en salarios como en estilo de vida es una de las primeras cosas que chocan a los que van a África a trabajar por primera vez. Y por más que uno intente acostumbrarse, es algo que está siempre presente y que crea perturbadores dilemas morales a diario.

Gente como Chris Blattman justifican el estilo de vida de los expatriados en África comparándolo con el estilo de vida que llevarían en Europa o en Estados Unidos, y argumentando que en la mayoría de países africanos sólo hay servicios para pobres o para ricos, sin término medio. Y desgraciadamente no le falta razón.

Pero tampoco le falta razón al autor del artículo del Washington Post que acusa a los expatriados de Liberia de comportarse con suficiencia con los liberianos y, en general, de pasárselo demasiado bien haciendo el trabajo que hacen. Sobretodo cuando recuerdo las exclusivas fiestas semanales en Kinshasa en casas con piscina de expatriados (como la de la foto) o la manera como algunos tratan a sus trabajadores domésticos.

Después de todo el tiempo que ha pasado desde la primera vez que estuve en África aún no le he encontrado solución a este dilema. Es muy fácil criticar el lujo en el que viven los expatriados, pero no tanto vivirlo personalmente y darse cuenta de las contradicciones de muchos países africanos, y de la ausencia de alternativas.

En otro post sobre el mismo tema, Chris Blattman cita un informe sobre el impacto de las misiones de mantenimiento de la paz sobre las economías locales y parece que la conclusión general es positiva (la presencia de la ONU, económicamente hablando, hace más bien que mal). Sin embargo, a nivel humano este impacto es a menudo nefasto, ya que da una imagen irreal de la vida en Europa o Estados Unidos como una fiesta constante. Y además contribuye a la idea neocolonialsta que tienen muchos africanos de los blancos, que piensan que su país les importa bien poco más allá de la pasta que pueden ganarse estando allí.

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