La primera vez que estuve en Dubrovnik fue hace 2 años y decir que me dejó impresionada es poco. No sólo por su belleza, que salta a la vista, sino porque previamente no había visto ninguna imagen de la ciudad ni tenía demasiadas referencias de ella. Hace poco leía en un libro de viajes del genial Paul Theroux que una de las cualidades que hacían que las maravillas del mundo apareciesen tan maravillosas ante el viajero era la sensación de descubrirlas por primera vez como si nadie más las hubiera visto nunca, la intensidad de contemplarlas por primera vez en vivo y en directo. Esto, desgraciadamente, se ha perdido en nuestra era de masificación turística y constante reproducción digital. Sin embargo, de vez en cuando, haciendo un gran esfuerzo de ignorancia mediática, se consigue llegar a un lugar sin haberlo visto antes, y entonces, y sólo entonces, se reproduce esa inigualable sensación de descubrimiento de los primeros viajeros de la historia.

Obviamente, esa novedad visual es cada día más difícil. Desde que fui a Dubrovnik por primera vez en 2005 la he visto sin cesar en la tele y en todo tipo de publicaciones, contínuamente salen nuevas guías de viajes sobre Croacia en varios idiomas, y cualquier oportunidad es buena para recomendar una visita a la perla del Adriático. Sin ir más lejos, hace unos días ojée el libro Bluelist del 2006 de Lonely Planet, que es una especie de recopilación de los mejores destinos turísticos del año desde distintos puntos de vista, y Dubrovnik (así como Croacia en general) aparecía como el próximo destino de moda en Europa. O hace un par de semanas vi que hablaban de ella en el suplemento El Viajero de El País. Definitivamente, a Dubrovnik le queda ya bien poco de lugar por descubrir (más aún desde la reciente inauguración de la línea directa desde Barcelona de Clickair).

Aunque hace dos años se veían ya bastantes autobuses turísticos y grupos organizados, esta vez me he quedado patidifusa con las enormes masas de gente que se abarrotaban cada mañana a la entrada de la ciudad vieja. Un casco antiguo como el de Dubrovnik, con poco más de 2 km cuadrados de (muy bien aprovechada) superfície, solo puede acoger a un número limitado de turistas, sobretodo teniendo en cuenta que está enmurallado. Después de haber criticado varias veces el turismo masivo no voy a refunfuñar más sobre el tema. Pero está claro que en un sitio como Dubrovnik las cuentas no salen. Y si no mirad la escena de la foto de aquí abajo que tomé hace un par de días en la entrada principal de la ciudad vieja, que es uno de los tres únicos accesos al interior. Aunque yo me reí un rato escuchando los comentarios de los distintos grupos de turistas, que parecían auténticas caricaturas de sus países de orígen, no creo que ellos se lo pasaran muy bien apretujados en el portal sin poder entrar ni salir durante bastante rato, seguramente sintiéndose como ganado más que en ningún otro momento de sus vacaciones.

No quiero ni pensar como será esto durante la temporada alta, en julio y agosto.

la muralla de Dubrovnik resiste cualquier tipo de invasión

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