Ayer volví de Madrid donde pasé 5 días justo después de mi vuelta de San Francisco. Pero es una vuelta que parece más bien un círculo, ya que también estuve en Madrid en febrero justo después de mi primera visita a San Francisco. Y fue justamente durante esa primera visita a la capital del reino que empezó mi íntima relación con el cuadro Habitación de hotel de Edward Hopper, que se encuentra en el Museo Thyssen.

No recuerdo si lo había visto ya reproducido en algún libro de arte, supongo que sí. Pero cuando vi el cuadro en Madrid fue como si yo fuera la primera persona en ver a la mujer sentada en su habitación de hotel, y como si me hablara a mí en ese momento, sólo a mí, y nadie más la hubiera visto jamás antes que yo. Me quedé varios minutos absorta mirándola, pensando en todas las veces que me he sentido como aquella mujer, en todas las habitaciones extrañas -aunque no fueran de hotel- en las que he habitado en los últimos años, sin ir más lejos como la que estaba ocupando durante esos pocos días de mi pasaje semi-turístico por Madrid. Y me pareció extraordinario que una sola imagen hubiera sabido captar tan bien esa sensación tan extraña de soledad y de intimidad con uno mismo que se siente al viajar.
Después continué la visita al museo y a los demás cuadros de la galería, mi mente saltó a otra cosa, y el instante de introspección también pasó. Sin embargo minutos más tarde, después de haber dado la vuelta por otras salas, me encontré delante de Verde sobre morado de Mark Rothko, que es un pintor que me encanta. Me senté a mirarlo mientras pensaba en otro cuadro suyo que había visto hacía tan sólo unos días en el museo de arte moderno de San Francisco. Y entonces me di cuenta de que la mujer en la habitación de hotel me miraba de reojo desde la galería de al lado, con la misma insistencia y con la misma melancolía que me había emocionado horas antes. Intenté ignorarla y continuar empapándome del Verde sobre morado, pero me resultó imposible, su soledad no me soltaba.
A la salida del museo compré una lámina y una postal del cuadro de Hopper, que mandé muy lejos con una pregunta que nadie podía contestar.

Semanas más tarde, con la pregunta aún sin responder y a punto de volver a San Francisco por segunda vez, fui al Liceu invitada por una amiga a ver una curiosa ópera moderna llamada Boulevard Solitude. A pesar de que musicalmente me aburrió un poco ya que el dodecafonismo y atonalismo en general nunca me han emocionado demasiado, la escenografía contenía escenas muy pictóricas francamente fascinantes. Como el dormitorio presidido por una enorme reproducción de La habitación de hotel de Hopper. Allí estaba otra vez esa mujer, hablándome ahora desde un escenario lleno de cantantes pocas horas antes de que fuera a coger mi avión madrugón y a emprender un nuevo viaje transatlántico con la maleta cargada con más interrogantes que de costumbre.
Durante esta tercera visita a Madrid en pocos meses no he visitado ni el Thyssen ni el cuadro de Hopper, pero hay cosas de las que no se puede escapar: ahora mismo, en mi habitación de casa de mis padres de toda la vida, me está mirando la mujer en la habitación de hotel desde la lámina que compré allí hace tres meses. Como ella, estoy sentada al borde de mi cama en mi última noche antes de emprender otra serie de viajes, pero esta vez, por primera vez, estaré acompañada.
No related posts.

3 Comments until now
He protagonizado un hallazgo que me ha sorprendido.
Totalmente disfrutable tu creacion.
No te detengas,
Musafiri
Sabes que al personal del teatro(y mas en la opera) no les gusta nada que se hagan fotos en medio de las representaciones aunque sean sin flash (si es que no hay autorizaciones previas), mas de uno ha parado la representacion por culpa de gente que se le ha disparado un flash o cualquier tonteria por el estilo, aunque a mi personalmente no me importa.
el cuadro de verde sobre morado no lo comprendo y no me gusta, o no me gusta y no lo comprendo.