El miércoles hice un viaje rápido a Bukavu, al este del país (que de rápido no tenía nada ya que el vuelo no es directo y fue muy largo). El motivo del viaje era una reunión muy aburrida, pero a pesar de todo me gustó ver de nuevo esta preciosa ciudad a orillas del lago Kivu. Además, las últimas dos horas del vuelo las hice sentada en la cabina del piloto disfrutando como nunca de la vista extraordinaria del paisaje. Pero bueno, esa ya es otra historia.
Aparte de la belleza del paisaje, lo que más sorprende al visitar Bukavu es la gran cantidad de mujeres caminando al borde de las carreteras con enormes pesos a cuestas. Como el aeropuerto está a una hora y media en coche de la ciudad, durante el trayecto hay ocasión de ver a muchas. Con cestos llenos de frutas o verduras, con 6 o 7 garrafas de 5 litros cada una, con troncos, con sacos de carbón (como las de la foto) o con otros productos diversos que tienen que transportar de sus pueblos a Bukavu o viceverse. Y a pesar del calor y el polvo del camino, o de las lluvias torrenciales que caen de vez en cuando, ellas andan cada día varios kilómetros para transportar sus mercancías de un sitio a otro sin inmutarse.
Durante el largo recorrido de la carretera también se ven a hombres, claro está. Pero a éstos, como el que aparece en la esquina izquierda de la foto, se los ve disfrutando de la sombra de un árbol, charlando tranquilamente con otros hombres, o como mucho tirando de carretas o conduciendo coches y camiones. Aún no he visto ninguno con la espalda doblada o cargando algo que no sean los cuatro francos que han conseguido con cualquier chanchullo y que no compartirán con sus mujeres.

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Me pregunto porqué será así la cosa para las mujeres… En cualquier caso, no se me hace tan tan raro. Cuando era pequeña recuerdo que mi abuela me explicó que el hecho de que mi abuelo cargara con las bolsas del supermercado era un gran favor que nos hacía, ya que “no está bonito que los hombres lleven bolsas”. Al loro