En Hawái, como en todas las islas, la vida discurre pausada y tranquila, sin prisas ni demasiadas preocupaciones. El turismo es la actividad principal, proporcionando ingresos fáciles y seguros. Esta seguridad económica junto con el calor hacen que, como en muchos otros lugares de características similares reine la ley del mínimo esfuerzo.
Una curiosa aplicación práctica de esta ley son los puestos de fruta o souvenirs al borde de la carretera que pueden verse por toda la isla de Maui. Incluso mi guía turística habla de ellos como elementos típicos y característicos de la isla. Pero más allá de lo monos que puedan ser los puestos o lo buenos y frescos que sean sus productos, su peculiaridad es que no tienen vendedores. Digamos que son self-service: normalmente tienen una hucha o una cajita cerrada con llave donde los clientes deben depositar la cantidad que crean razonable por la cantidad de frutas que se llevan. Así, mientras el propietario del puesto está en la playa o tomándose una siesta, el negocio funciona por si sólo. Ojalá todo fuera tan fácil en la vida.
Si bien los puestos de frutas autosuficientes son de lo más pintoresco, en Hawái observé otra aplicación no tan positiva de la ley del mínimo esfuerzo. En la mayoría de restaurantes de gama barata todos los platos, cubiertos y vasos son de plástico o porespan, que no son reciclables. Eso a pesar de tener carteles por todas las islas de que está prohibido dejar desperdicios en el suelo y que se multará a los que lo hagan. Y yo me pregunto, en islas pequeñas como éstas, ¿qué hacen con tanta basura que generan?
ley del mínimo esfuerzo a la hawaiana

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