Cuando era niña recuerdo haber acompañado a mi abuela a la peluquería a hacerse los rulos, y haber observado con fascinación cómo le hacían la manicura mientras tenía la cabeza metida en el casco espacial de secar el pelo. Me gustaba escoger el color del esmalte de uñas para ella, y jugar con el cesto lleno de botecitos de colores de la peluquera-manicurista. ¿Quién no ha jugado a la Señorita Pepis en algún momento?

Hoy en día las peluquerías suelen estar especializadas en el pelo, y desde esa época (desde los 7 u 8 años) no he vuelto a poner los pies en un salón de belleza, de manicura ni nada que se le pareciese. Y a la peluquería voy una vez al año como mucho, cuando mi madre me ve vamos. Y mejor no hablemos de depilaciones. Siempre me ha parecido que tenía mejores cosas que hacer (escribir este blog, por ejemplo) que dedicarme al culto al cuerpo. A ver, me gusta tener buen aspecto como a todo el mundo, y estoy totalmente a favor de la higiene corporal y el aseo capilar. Pero todo tiene un límite.

En este país de extremos conviven la obsesión con la apariencia física con la obesidad y dejadez estética más inimaginable. En mi barrio, como es un poco pijo, domina el primer grupo y por eso hay una densidad de peluquerías y salones de manicura de casi uno por habitante. Es increíble, en algunos tramos de calle hay uno al lado de otro, casi clones.

Más o menos puedo entender la costumbre de ir mucho a la peluquería, ya que resulta muy difícil cortarse el pelo una misma, pero realmente ¿es necesario hacerse tantas manicuras? Pues parece que sí, ya que a pesar de haber tantísimos, siempre veo todos los salones de manicura llenos. Varias señoras blancas sentadas en hileras de sillones frente a chicas asiáticas, normalmente vietnamitas, que les van masajeando las manos o los pies. Y es que la manicura o pedicura incluye un masajito, que hay mucho estrés suelto oye, y el servicio más popular parece ser el paquete manicura-pedicura. De vez en cuando oigo a alguna amiga, o a una señora en una tienda decir cosas como “adiós, que tengo hora para la manipedi”.

Pero el servicio de salón de belleza que más me tiene fascinada, y que según he oído cada vez está ganando más populariad, es el decoloramiento anal. Aún no lo he visto anunciado en ningún salón del barrio, pero según parece está haciendo furior en sitios como Miami.

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