Después de casi dos años en la República Democrática durante los cuales me impuse el reto de sacar al menos una foto cada día (en un intento fútil de emular a mi amigo Timothée), y de copiar música de todo el mundo, copiar todos mis artículos y documentos de trabajo, informes, etc. mi ordenador y mi pequeño disco duro portátil se llenaron. Así que en enero del año pasado me compré un flamante disco duro de 500GB rojo (mi color favorito) en forma de pieza de lego. Y allí pasé horas copiándolo todo, todo, todo: mis fotos, mis videos, mis trabajos, películas y música. Nada más ni nada menos que 200GB de cosas personales, toda mi vida no ya de los dos últimos años sino 4 o 5.
Como algunos recordarán, unos meses más tarde (en junio) me fui de viaje por los Balcanes durante unos 3 meses. Así que decidí dejar el disco duro en casa de mis padres y viajar sólo con el portátil, que ya me parecía demasiado trasto como para llevar encima más cosas. Pero al volver del viaje, oh cielos, mi bienamado disco duro no aparecía por ninguna parte. Busqué por todas partes, removí cielo y tierra, pero el disco duro parecía haberse esfumado. Al volver a San Francisco volví a buscarlo debajo de las piedras por si la memoria me había fallado y el disco duro se había quedado por allí, pero tampoco apareció.
Me entristeció perder música, documentos y las fotos que había tomado por España y San Francisco, pero todo eso en cierta manera podía volverlo a adquirir. Pero la pérdida de las fotos del Congo se me hizo realmente difícil, como si la desaparición de las imágenes de mis días vividos allí de alguna manera hiciera desaparecer también la autenticidad de la experiencia. Me di cuenta más que nunca de la importancia de la imagen en la formación de recuerdos y en última instancia, de la identidad.
Y ahora, a punto de volver al Congo y de alguna manera revivir esas imágenes perdidas, ¡mi disco duro reapareció! Voy a correr un tupido velo sobre las circunstancias de esta recuperación, pero sobra decir que ha sido un auténtico reencuentro con el pasado, y con mi misma. Y, por fin, voy a tener que empezar a colgar algunas de esas fotos por aquí para que al menos las vea alguien antes de que desaparezcan. Así que, tres días antes de volver a Kinshasa, aquí va una pequeña muestra de fotos de la ciudad tomadas entre 2005 y 2006.
momento de felicidad fotográfica

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