La semana pasada me visitó una amiga de mi ciudad natal durante unos días y entre las muchas cosas que visitamos durante su estancia hubo el ayuntamiento de San Francisco. Además de tenerlo cerca de casa, es uno de los edificios de la ciudad que más me gustan, tanto por su cúpula dorada un tanto barroca que más bien desentona con el resto de la ciudad, como por su interior típico de principios del siglo pasado tan característico del cine americano clásico. Y debajo de la cúpula, en lo alto de una preciosa escalinata de mármol, se realizan las bodas civiles.
Cuando entramos a visitar el ayuntamiento se estaba celebrando una boda entre una pareja lesbiana de mediana edad luciendo elegantes vestidos de fiesta, a la que siguió una larga sesión de fotos por las glamurosas escaleras. A los pocos minutos empezó una segunda boda entre otra pareja de lesbianas aún mayores que las primeras, vestidas de manera más sencilla pero igualmente radiantes -como cualquier persona el día de su boda. Durante todo el rato que duraron las dos bodas mi amiga se quedó inmóvil observando en silencio la escena sin perderse detalle, como en trance. Al salir a la calle simplemente dijo “es la primera vez que veo algo así”. Cuando le pregunté a qué se refería contestó que jamás había visto una pareja lesbiana “normal y corriente” hacer algo tan mundano como casarse y hacerse fotos familiares. Entonces me di cuenta de lo importante que es la visibilidad de la diversidad en la vida cotidiana para superar prejuicios. Quizás en España otro gallo cantaría si la gente supiera que su vecina, su doctora, su profesora de inglés o la policía del barrio son lesbianas.
No recuerdo muy bien si la primera vez que estuve en San Francisco me fijé especialmente en la visibilidad de las parejas lesbianas en la calle, pero sí que recuerdo una cierta sorpresa las primeras veces que oí a dependientas, camareras o mujeres casi desconocidas mencionar a sus novias en la conversación como si tal cosa. Y recuerdo haber pensado en lo poco habitual que son este tipo de comentarios en España. Aunque la visibilidad de los hombres gays se está normalizando lentamente, mi impresión es que la de las chicas es del todo excepcional.
Hace unos días me enteré a través del blog de Olga del triste fallecimiento de Del Martin, una mujer de 87 años que compartió su vida con otra mujer llamada Pyllis Lyon de 84. Vivieron juntas como pareja durante 55 años, pero hasta hace un par de meses no consiguieron casarse legalmente ya que hasta entonces no se había aprobado la ley de matrimonios del mismo sexo. En muchos sentidos fueron unas auténticas pioneras de la causa gay en general, y de la causa lesbiana en particular.
Al haber luchado toda su vida por los derechos de la comunidad gay, y supongo que también por su avanzada edad, el alcalde las escogió simbólicamente para ser las primeras en casarse en California delante de toda la prensa (como muestra la foto de aquí abajo, tomada durante su boda de junio). Pero yo creo que también las escogió a ellas y no a una pareja de hombres por esa invisibilidad de la que hablaba antes, para demostrar al mundo que las lesbianas existen y que no tienen nada que ver con los estereotipos populares. Ojalá mujeres como ellas siguieran su ejemplo no sólo en Estados Unidos sino también en España, que ya va siendo hora de dejar de esconderse.
mujeres invisibles

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