Así empieza Pandora en el Congo de Albert Sánchez Piñol, describiendo lo que la foto del post de ayer podría ilustrar perfectamente, ése océano verde interminable que es el Congo.

El Congo. Imaginemos una superfície tan grande como Inglaterra, Francia y España juntas. Imaginemos, ahora, toda esta superfície cubierta de árboles de entre seis y sesenta metros de altura. I, bajo los árboles, nada.”

Hacía tiempo que os quería hablar de este tocho de libro (más de 500 páginas) que me regaló mi padre por Navidad y que al cabo de un par de semanas ya me había devorado. Y es que reconozco que me enganchó, a pesar de que su descripción del Congo es completamente mítica, o puede que fuese justamente por eso:

El Congo no és un lugar. El Congo és el otro lado del universo. I entre todos los Congos possibles hay, ciertamente, un Congo al servicio de la expiación.

Empieza como una clásica novela de aventuras tropicales que deriva hacia el terror psicológico, pero acaba siendo una profunda disección del alma humana y del concepto de amor llevado al límite de lo conocido. He visto reproducida en muchos sitios la cita de Sánchez Piñol diciendo que “la verdad es una cuestión de estilo”, y yo añadiría que también es una cuestión de amor. Y eso fue lo que más me gustó de la novela, la reflexión que hace sobre la verdad y la relación que tiene con los sentimientos. Y como no, el hecho de que tenga a Congo como escenario, aunque es tratado como un espacio irreal y casi imaginario.

Aunque no tenga nada que ver con el Congo que veo yo aquí cada día, os recomiendo visitar este Congo en el que todo es posible.

El Congo. Un océano verde. I, bajo los árboles, nada.

Pandora en el Congo

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