El viernes por la tarde llegué a Bukavu, en la otra punta del país, después de casi 6 horas de vuelo. Después del bochorno de Kinshasa, la falta de agua, el tráfico y el agobio general de la capital, nada más aterrizar en Bukavu ya me sentí más relajada. Y de alguna forma también me sentí en casa, en un lugar que ya forma parte del paisaje de mi memoria. Fue un reencuentro con mi historia personal que sentí mucho más que en Kinshasa.

Ayer fue el Día Internacional de la libertad de prensa y decidí ir al desfile por las calles de la ciudad con el resto de periodistas de Bukavu. Fue también un reencuentro con algunos antiguos colegas y amigos, me alegré de verlos y ellos parecían orgullosos de que hubiera decidido volver (aunque sólo fuera de visita) a su país. Hicieron paradas delante de las principales instituciones locales como la Corte Militar o la Asamblea de la provincia a leer un manifiesto en defensa de la libertad de prensa, y pidieron verdad y justicia en los casos de los periodistas asesinados Pascal Kambale y Serge Maheshe. Al final llegamos donde el Gobernador y nos tuvo una hora bajo el sol (secándonos como a la mandioca, dijo una periodista), y al final no apareció. Lleva solo un día en el cargo y ya ha cogido los vicios del poder.

Después fuimos a comer en un restaurante congoleño llamado Delicia, ensalada de aguacates, brochetas y lenga lenga. Al volver a casa vi que me había quedado marcada la camiseta en los brazos y en el cuello, como a una turista principiante. Dormí como un tronco, eso sí.

reencuentro con Bukavu

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