Aunque las críticas a los famosos que organizan campañas para “salvar” a África no son cosa nueva, durante el 2007 el debate se reabrió sobretodo a raíz de un polémico artículo que Uzondima Iweala publicó en el Washington Post titulado “Dejen de tratar de salvar a África”. Aunque aquí no he hablado mucho del tema (sólo un poco a raíz de los 16 días de activismo contra la violencia a las mujeres y del Día internacional de los derechos humanos) lo he seguido con interés durante los últimos meses, y a continuación ofrezco un pequeño resumen de los mejores artículos para los que o bien se perdieron el debate o les interese leer un poco más. Como siempre, son todos en inglés, pero si alguien tiene enlaces en español que me los mande y los añadiré.

El escritor Paul Theroux en su artículo The rock star’s burden (La carga de la estrella de rock), fue uno de los primeros en criticar a los famosos que quieren salvar a África. Se publicó en el New York Times, en The International Herald Tribune y otras publicaciones en diciembre del 2005, y en él Theroux ataca concretamente a Bono como estandarte de las campañas “de palabras vacías y gestos públicos” basadas en la presunción errónea de que “África es fatalmente conflictiva y sólo puede ser salvada por ayuda externa”. Sin embargo, dice Theroux en una parrafada magistral:

África es un lugar encantador – mucho más encantador, pacífico y resistente y, si bien no próspero, mucho más autosuficiente de manera innata que normalmente lo pintan. Pero porque África parece inacabada y tan diferente al resto del mundo, un paisaje en el cual una persona puede dibujarse una nueva personalidad, atrae a los mitomaníacos, gente que quiere convencer al mundo de su valía.

En julio del 2007 el debate se reavivó a raíz de dos publicaciones. Primero el número especial que la revista Vanity Fair dedicó a África en el cual Bono ejerció como editor invitado. Y segundo un artículo que apareció en el Washington Post titulado “Dejen de tratar de salvar a África” (Stop trying to save Africa) escrito por el joven escritor americano-nigeriano Uzondima Iweala. El número especial de Vanity Fair recibió algunas alabanzas por intentar mostrar una cara distinta de África, como tierra de oportunidades, pero también muchas críticas por parte de otros por no acabarse de alejar de los estereotipos.

De hecho, durante el mes de julio a Bono le llovieron las críticas por todas partes. Como en esta entrevista al músico nigeriano Femi Kuti (hijo de Fela), donde aprovechó para decir que África no necesita a Bono para decirles que es pobre, sino que necesita más iniciativas de los propios africanos y más inversiones que generen negocios. Y también necesita que “las democracias occidentales dejen de hacer la vista gorda respecto a la corrupción africana” (no podría estar más de acuerdo). Otro artículo que repasó bien a Bono fue el de Frank Bures en World Hum, que recomienda a África que se eche a correr en vista de tanta gente bienintencionada pero equivocada.

Pero en mi opinión la crítica más interesante a las iniciativas de Bono es el que escribió Jennifer Brea en The American, titulado Africans to Bono:’For God’s sake please stop!’ (Los africanos a Bono: ‘¡Por el amor de Dios, para por favor!’). El artículo reprocha a Bono que se dedique a “abrir los bolsillos de los gobiernos ricos para dar a los gobiernos cleptocráticos de África” y dice que “lo que necesita África es su propio plan Marshal”. También reprocha a las campañas tipo Make poverty history su objectualización de África como continente a salvar, “negándoles a los africanos un papel como agentes de su propia transformación”. Y añade que, a largo plazo, la ayuda humanitaria hace más mal que bien por su efecto en el crecimiento económico de los países receptores. Y se pregunta:

si realmente queremos ayudar, ¿por qué no preguntamos a los africanos, no a sus gobiernos, como perciben los desafíos a los que se enfrentan, los sueños que tienen para el futuro, y los recursos que creen que necesitan para realizarlos?

El artículo de Iweala, como era de esperar, levantó aún más pasiones que las actividades de Bono a las que el mundo ya está acostumbrado. Su tesis es que África no quiere ser salvada, ya que los propios africanos son capaces de un desarrollo sin precedentes a través de una colaboración justa con otros países “de la comunidad global”. En el artículo se despacha a gusto criticando a los que quieren “salvar” a África ya que, según él, lo hacen por vanidad y para paliar su sentimiento de culpa:

Parece que actualmente Occidente, consumido por la culpa respecto a las crisis humanitarias que ha creado en Oriente Medio, se ha puesto a ayudar a África para su redención. Estudiantes universitarios idealistas, famosos como Bob Geldof y políticos como Tony blair han hecho suya la misión de traer la luz al continente oscuro. Vuelan para voluntariados y misiones de reconocimiento o para elegir niños para adoptar más o menos de la misma manera que mis amigos y yo en Nueva York tomamos el metro para ir a la perrera municipal a adoptar perros extraviados.

Ésta es la nueva imagen que Occidente tiene de sí mismo: una generación sexy, políticamente activa cuyos medios preferidos para propagar sus ideas son los artículos especiales en las revistas con famosos en primer término, africanos desesperados al fondo.

Con palabras como éstas ofendió a varios cooperantes “blancos” en África que se toman su trabajo en serio y no como un capricho pasajero, que lo tildaron de arrogante y simplificador (Iweala creció en Washington en un entorno privilegiado, con una madre que trabaja en el Banco Mundial y que fue Ministra de Finanzas y de Asuntos Exteriores de Nigeria, y además estudió en Harvard). Entre las reacciones “ofendidas” me hizo gracia la de Pernille, una cooperante danesa en Tanzania (antes en Uganda), que se preguntaba “¿Tengo cara de querer salvar a África?”.

La verdad es que es un tema complicado, tal y como demuestra Chris Tenove con su extenso artículo “Stars over Africa” (Estrellas en África) publicado en la revista The Walrus hace exactamente un año. El artículo hace un repaso a la historia de la creciente implicación de los famosos en la ayuda humanitaria a África desde la mediática sequía/hambruna de los años 1980 en Etiopía, mostrando las dos caras de la moneda de este tipo de campañas. Por un lado reconoce la gran labor de los famosos al atraer la atención de los medios sobre ciertos conflictos o situaciones que requieren acción, así como el papel que han jugado en crear movimientos de presión y en movilizar a las masas. Sin embargo, también reitera que este tipo de ayuda basada en las donaciones no es suficiente a largo plazo ya que no sirven para atajar las causas estructurales de la pobreza en África.

Para ilustrar el hecho que las buenas intenciones no son suficientes ya que a menudo no escuchan y no aportan las soluciones deseadas por los interesados (y a menudo, a pesar de las grandes inversiones, acaban sencillamente en fracaso), Tenove reproduce una historia que le contó una cooperante veterana que trabajó en Etiopía:

Imagina, dijo, que vas caminando por la calle y ves a una viejita sorda, una vecina, esperando en la esquina de una concurrida calle. Parece que no sabe cuando cruzar. Le preguntas si necesita ayuda, pero no puede oírte por el tráfico. Cuando el semáforo se pone verde, le coges su mano arrugada y la guías al otro lado del cruce. Allí te da un tirón en la manga y te dice: “estaba esperando el autobús al otro lado de la calle”. ¿Entonces qué haces? ¿La dejas donde está? ¿La ayudas a cruzar la calle de nuevo para que pueda volver donde estaba? ¿O le das aún más de tu tiempo? ¿Conducirla a casa tu mismo, quizás, o ayudarla a comprar pilas para su audífono?

Y para acabar, otra divertida historieta alegórica. Esta es más sencilla, pero pero también muy reveladora (y además está protagonizada por una cabra, lo que siempre da puntos extra). Se trata de una anécdota que cuenta Sarah, una estudiante americana en Camerún por un par de meses, en su blog:

Ayer, caminaba hacia mi casa por una calle polvorienta alrededor de las 5:30. Hacía calor y estaba cansada después de un largo día de investigación, de leer y escribir. Esperaba que mi madre anfitriona hubiera preparado esa deliciosa bebida de yogur, y que por la noche nos podríamos poner al día de nuestro culebrón favorito y finalmente enterarnos de si Miranda volvería con Leonardo.

Giré en una esquina y me fijé en una chica más o menos de mi misma edad corriendo hacia mí. Llevaba una bonita tela púrpura y verde, y se movía tan rápido como podía con su estrecha falda. Entonces me di cuenta de lo que perseguía: una gran cabra negra, que parecía galopar tan sólo un poco más rápido que ella. Llamó a gritos a la cabra delincuente en fulfulde, pero la cabra la ignoró.

Mi primer instinto: quiero ayudar a esta chica. La cabra corría a un metro y pico a mi izquierda. Di unos pasos en esa dirección, pensando que le bloquearía el camino o que la haría cambiar de dirección. La cabra enseguida comprendío mi acción y dio un giro a la izquierda. Mierda.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo atrapar a una cabra. Aunque la hiciera correr hacia mí, ¿qué haría? ¿agarrarla por la cola? ¿por el medio? ¿por los cuernos? No era mi perro, no llevaba un collar. Había visto a esas cabras abalanzándose sobre montones de basura, y estoy segura de que se comerían cualquier cosa. ¿Intentaría comerse mi brazo?

Decidí que lo mejor que podía hacer en esta situación era apartarme y dejar a esta chica resolver sus propios problemas. Tenía infinitamente más experiencia en el mundo cabral que yo. Mientras pasaba por mi lado corriendo, sonerí y le deseé “bonne chance” y asintió con la cabeza. El intercambio de saludos duró unos siete segundos, pero más o menos resume lo que pienso sobre “ayudar” a los cameruneses. Saben mucho más sobre lo que necesitan que lo que yo jamás sabré. Mis intentos de “ayudar” podrían causar más problemas de los que resolverían. Si la chica se hubiera parado y me hubiera pedido ayuda, y me hubiera explicado qué hacer, habría estado contenta de asistirla en sus esfuerzos.

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