Hoy hace ya dos semanas que estoy en San Francisco disfrutando de la vida bohemia, y supongo que es por eso que finalmente consigo dedicar algo de tiempo a escribir un poquito en el blog en lugar de callejear por los rincones de esta ciudad encantadora.

Estoy alojada en el barrio Mission en casa de una pareja de amigos que conocí en Praga hace ya 7 años. El barrio se llama así porque lo fundaron los primeros misioneros (españoles) que llegaron a la Bahía, y a partir de ahí creció la ciudad de San Francisco. Antes era un barrio más bien modesto, con una mayoría de población latina, pero precisamente porque era un lugar barato empezaron a establecerse allí todo tipo de artistas y creadores, con lo que los precios fueron subiendo y se acabó convirtiendo en el barrio más moderno-bohemio de la ciudad. Aún hay una gran influencia latina, y está lleno de taquerías y tiendas propiedad de mexicanos, pero también hay lo que parece la densidad más alta del planeta por metro cuadrado de cafés, restaurantes y bares que siguen todas las tendencias de la fauna ultra-cool que habita sus calles.

Ahora mismo estoy sentada en uno de los cafés más de moda del barrio, llamado Ritual (si váis a la página web aparecen fotos de los camareros que me están sirviendo ahora mismo), rodeada de gafapastas con bufanda sorbiendo cafés sorprendentemente buenos en solitario delante de sus ordenadores Apple (que por cierto tiene su sede central cerca de San Francisco). Y es que ésta es una de las cosas que me encantan de esta ciudad: es el paraíso del wifi, que está por todas partes, sobretodo en los cafés como éste. Incluso en el cine donde fui el otro día había wifi y pude leer mis emails mientras hacia cola para entrar (los cines multisalas son además el paraíso de los cinéfilos con morro, ya que es facilísimo colarse de una sala otra, cosa imposible en Barcelona).

En este barrio es casi más importante la actitud, es decir llevar la ropa más guay, ir a los locales más guay, y estar al corriente de todas las corrientes alternativas de la ciudad, que la acción. Por eso a cualquier hora del día los cafés más cool están llenos de gente, dando la impresión de que aquí nadie trabaja, sólo posa. Por ejemplo, los domingos es un must para los modernos-bohemios ir a tomar el brunch al café-pastelería francés Tartine cosa que cada domingo provoca colas que dan la vuelta a la esquina que son un auténtico desfile de gorras y ropa vintage a la última. Como muestra, un botón: por Navidad mi hermano me regaló un abrigo de Desigual al que nadie hizo caso en Barcelona, pero aquí no pasa día sin que reciba comentarios espontáneos en la calle, o en tiendas y cafés. Hay momentos, como ahora, en que me encanta esta sensación de escaparate.

Otra de las cosas que me encanta de San Francisco son las librerías de segunda mano (como Dog Eared Books en la foto, que es buenísma) o de ropa. Esto creo que no es exclusivo de esta ciudad, sino que las hay por todo el país, pero aquí todas las que he visto son particularmente buenas. Puedes encontrar todo tipo de libros, incluidas las novedades, a precios reducidos. Cuando le conté a mi amigo (que es escritor) que en España apenas hay librerías de segunda mano, y que las que yo he visto tienen sobretodo libros viejos o antiguos, o restos de serie, pero no novedades, no podía creerlo. Él lee muchísimo, y como muchos otros artistas de la ciudad, vive en un apartamente minúsculo, con lo que no puede guardar todos los libros que lee, y por eso los vende cuando ha acabado y luego se compra otros. Será que en España leemos poco, pero tengo la impresión de que la gente guarda todos sus libros, no es tradición revenderlos una vez leídos (si acaso se tiran). Y lo mismo con la ropa, me parece.

Otra particularidad de San Francisco, y creo que de California en general, es la obsesión por la comida sana. Así pues, cuando vas a cualquier restaurante el nombre de cada plato tiene 3 o 4 líneas porque te dice el tipo de patatas, la granja de donde viene el pollo, o el tipo de cereales utilizados en el pan integral. No sólo hay un montón de gente vegetariana, y en consecuencia un montón de restaurantes especializados en comida vegetariana (en Mission he visto incluso un japonés vegetariano), sinó que también abundan las tiendas y pequeños supermercados de comida biológica, orgánica y baja en calorías. San Francisco es el paraíso de lo orgánico.

Aún así, esta obsesión por la comida sana convive tranquilamente con las costumbres americanos de picar a todas horas (los americanos siempre llevan snacks encima, ya sea en el bolso, en la guantera del coche, o donde sea), y de comer cosas pre-cocinadas o rápidas de preparar. Y lo más gracioso es la combinación de las dos cosas, como las galletas de chocolate orgánicas, unos ravioli carbonara pre-cocinados bajos en carbohidratos, o unos tacos vegatarianos.

San Francisco es taaaaan cool

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