Después de haber vivido en un lugar y de haberlo sentido como propio durante un cierto tiempo, siempre se hace extraño volver a vistarlo como turista. Por eso mi estancia en Sarajevo durante estos días, después de haber pasado un año y medio en esta ciudad, ha sido un tanto especial. He observado muchos cambios, pero sobretodo estéticos, no sé hasta qué punto la ciudad ha cambiado en lo profundo. Seguramente poco, ya que como me decía un amigo con el que tomé un café, cada bosnio ha escogido vivir en un país imaginario distinto. Según él, los católicos viven su fantasía de estar en Croacia, los ortodoxos, de estar en Serbia, y los musulmanes creen que toda Bosnia y Herzegovina es como Sarajevo, donde son mayoría y nadie se mete con ellos.

De alguna manera, así es como vi Sarajevo, como una ilusión, un país multicolor en el que todo parece posible bajo el sol, pero en el que en el fondo nada cambia.

La primera vez que vi Sarajevo, en el verano de hace 4 años, aún había muchos edificios destruidos y otros tantos en construcción, la mayoría de la ciudad estaba cubierta por agujeros de bala o marcas de metralla. Ahora no quedan tantas marcas visibles y se han reconstruido muchos edificios (como el Parlamento, que estaba hecho un trapo), y se están construyendo muchos otros, muy modernos y con mucho vidrio. En Baščaršija, el barrio viejo, están rehaciendo todas las calles, y han abierto unos cuantos nuevos museos (como el del asesinato del archiduque Franz Ferdinand y su esposa que inició la Primera Guerra Mundial). Hay nuevas tiendas y nuevos cafés. Incluso nuevos políticos.

Pero todos estos cambios, ¿son cambios verdaderos? ¿Bosnia y Herzegovina ha avanzado realmente desde los acuerdos de Dayton? Me temo que sólo en lo cosmético, y ciertas cicatrices no desaparecen simplemente con un poco de maquillaje.

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