Siempre que viajo a cualquier país me gusta pasar una tarde en un supermercado investigando los productos curiosos o distintos a los que estoy acostumbrada. Así, cuando estuve en la India hace varios años me sorprendió ver en todas las tiendas cremas esclarecedoras de piel, fairness cream las llamaban. Compré varias marcas para comprobar si funcionaban, y aún tengo una enterrada por alguna parte llamada Fairever (algo así como Siempreclara). Sobra decir que ninguna de las cremas me hizo la piel más clara, y viendo el precio ínfimo que costaban sospeché que no era por el hecho de no ser yo lo suficientemente “oscura” como para poder ver un cambio de color, sino porque eran cremas de mentirijilla.

Cual no fue mi sorpresa al llegar a África y ver que también allí se comercializan las cremas esclarecedoras por doquier. Y jabones, polvos de talco y aceites. No sólo en el Congo, sino en todos los demás países centroafricanos que visité. Y es que según parece, la mitad del mundo (indios, africanos) quieren tener la piel más clara mientras la otra mitad (europeos, norteamericanos) la queremos tener más morena. Qué ironía.

Durante este último viaje al Congo no sólo vi cremas esclarecedoras en las tiendas, sino también flamantes vallas publicitarias por todas partes tanto para productos para mujer como para hombre (como las de las fotos de aquí abajo). Y recordé una conversación que había tenido con mi amigo Cédric sobre el neocolonialismo de los expatriados europeos en África, que siguen comportándose con arrogancia y como si los congoleños fueran tontos (u otras cosas peores). Yo estuve de acuerdo con él, pero añadí que también es necesario que los congoleños mismos se deshagan de su complejo de inferioridad, con el cual en mi opinión nunca van a poder deshacerse a su vez del complejo de superioridad de los blancos.

En Bukavu visité una escuela de primaria donde el profesor enseñaba a los niños para qué sirve ir a la escuela, y para ello usaba la página del libro fotografiada aquí abajo. No sé a vosotros, pero a mi los personajes de esta escuela modélica me parecen demasiado blanquitos para que los niños congoleños se sientan identificados. Quizás la escuela sería un buen lugar para empezar a deshacerse de esos engorrosos complejos de inferioridad que al crecer sólo les estorban y perpetúan un comportamiento por parte de los expatriados que a menudo es sencillamente inaceptable.

Y después habría que tirar todas las cremas a la basura.

ser blanco es tan ideal

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