A mí de lo que realmente me gusta hablar en este blog es de África. Porque es un tema que en realidad no es uno sino mil, pero al cual no se le presta demasiada atención en los medios de comunicación tradicionales, y porque como es algo de lo cual en Europa sabemos bien poco, pues al escribir sobre África también aprendo. Sin embargo a veces me desanimo al ver que el día que para desahogarme decido hablar de cualquier chorrada personal (como que no me gustan los pasteles o que en mi edificio hay un tocador de colada), o me pica comentar algo que no tiene nada que ver (como este mini-glosario de palabras hawaianas) se convierten en éxitos fulminantes de visitas. Y me temo que el tema de hoy es uno de esos que me dan pereza escribir pero que luego acaban atrayendo a un montón de gente que viene de Google o de Dios sabe donde: el maldito iPhone.

Como todo el mundo y los demás planetas del universo saben, el nuevo modelo del teléfono de moda, que es básicamente el mismo que ya estaba en el mercado pero más barato y con más memoria, funciones, etc. salió a la venta el viernes pasado simultáneamente en varios países. Y por más que los productos Apple me caigan gordos (o mejor dicho, los fanáticos de los productos Apple), debo reconocerle a esta empresa el mérito de conseguir colar páginas y páginas de publicidad gratis en los periódicos de todo el mundo (y horas de cháchara en las televisiones), disfrazada de supuesta información. Realmente saben un montón de márketing. Bueno, pues como la tienda Apple de San Francisco está al lado de mi casa decidí ir a curiosear el día del mega-publicitado y mega-esperado lanzamiento del cacharrito.

Como en Madrid y el resto del mundo, había una larga cola que daba la vuelta a la manzana. En ella, varias tiendas de campaña y sacos de dormir, ya que mucha gente pasó la noche esperando. También muchas sillas de cámping, dónuts y ordenadores portátiles (alrededor de la tienda Apple hay wifi gratis). Y, como no, varios listillos repartiendo folletos de productos afines a Apple, fotógrafos y cámaras de televisión a porrillo. Como no estoy muy metida en la comunidad ombliguista de blogueros de San Francisco, sólo reconocí a uno de los famosillos de la blogosfera de la ciudad: Robert Scoble, cuyo blog se llama Scobleizer, que lo estaba grabando todo en vídeo con la cámara de su teléfono como puede verse aquí abajo (¡un Nokia, no-iPhone!).

Saqué algunas fotos de la cola y, como sólo quedaban un par de minutos para las ocho de la mañana que es cuando abría la tienda, me quedé a mirar sintiéndome cuál abuelete fascinado por las obras de una calle. Llegados a ese punto, las cámaras se habían multiplicado, varios policías habían llegado como “refuerzo” y mientras la tienda estaba abriendo sus puertas se podían ver en su interior a dos hileras de empleados vestidos con camisetas azules y naranjas empezaron a aplaudir.

Entoces el San Francisco Chronicle acababa de entrevistar al primer señor de la cola, un tal Dale Larson, que a sus 39 años y según dijo consultor financiero, pasó dos noches en una tienda de campaña delante de la tienda. Las cámaras lo filmaban y fotografiaban por todos lados, y entonces alguien le preguntó “¿cómo te sientes?”. Y él, sonrisa de oreja a oreja con los brazos en alto respondió “¡como una estrella de rock!”. Al día siguiente apareció en periódicos y televisiones, y su nombre fue mencionado en todas partes. En ese momento contestó la pregunta que me había estado haciendo hacía rato de por qué alguien con trabajo y esposa decide perder 36 horas de su vida haciendo cola por un teléfono: por unos minutos de fama y gloria, por la sensación de ser alguien especial.

Las razones por las cuales el resto de la gente de la cola decidió hacerlo no me quedaron tan claras. Pero luego al llegar a casa leí esto en el blog Scobleizer que me hizo darme cuenta que el iPhone (y Apple en general) no es un un simple producto, sino un verdadero culto:

Ésta es la compañía que puede darte una cámara de mierda. Nada de video. Cobrarte más que otros cacharros. Hacerte esperar horas en una cola. Tardar horas en aprobar tu tarjeta de crédito, en activar tus iPhones. Y al final de todo, te hace sentir bien.

Y como corolario a la teoría de la fama internetera, sin querer acabé apareciendo yo también en varios vídeos y fotos del lanzamiento de marras del iPhone, ya que me coloqué detrás del individuo estrella. Como testigo este video o este otro mucho más largo pero donde se me ve mucho mejor (en camiseta negra y tejanos, cámara en mano) a partir del minuto 25.

ser una estrella en internet por un día es fácil

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