Como cualquier español que haya pasado una temporada fuera de la patria, la primera vez que me fui a vivir fuera (a Praga, para más señas) llevaba la maleta llena de embutidos para sobrevivir en tierras inóspitas. Y desde entonces la presencia de jamones y chorizos envasados al vacío en mi equipaje se ha convertido en una rutina automática, ineludible. Y es que, más allá del factor gastronómico evidente, comer jamón estando lejos de casa es un ritual para conectar con las raíces, la esencia misma de un país hecha carne.
Cuánto más tiempo se pasa fuera de casa más difícil es volver a conectar con los amigos, las preocupaciones de la gente, y a la vez más difícil volver al país de acogida sin sentir un cierto cansancio o nostalgia por lo que se deja atrás cada vez. En resumen, uno cada vez se siente más extranjero del mundo. Por suerte está el jamón para hacer de puente, auténtico cordón umbilical con la tierra de la infancia.
Y de tal manera se ha convertido el jamón en símbolo pata negra de nuestro país, que siempre que estoy en España hay alguien me dice”¿y no echas de menos nuestro jamón?” o “como el nuestro, ninguno”. Y si por alguna razón se me ocurre ensalzar las virtudes de algún otro país, enseguida salta alguien replicando “pero no tienen jamón” o “como en España no se come en ninguna parte”. Y es que, aunque la economía vaya mal, los sueldos den pena, la política sea un zoo y el panorama cultural provoque ganas de llorar, siempre nos quedará el jamón.
Aunque sea ya lo único que nos una a un país con el que cada vez cuesta más encontrar cosas en común, más allá de la familia y las razones puramente orgánicas.
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2 Comments until now
Jajajaja, que bueno!!! Este video me lo pido prestado para mi blog!! De todas maneras confieso una cosa: yo lo que me traigo del otro lado del Atlantico en cada viaje son 6 litros de aceite de oliva de Priego de Cordoba
)
Ya, esto también, aunque cuando no había restricciones de líquidos en el equipaje de mano era más fácil llevar grandes cantidades…