Durante este viaje he estado leyendo un par de libros de la escritora croata Slavenka Drakulić que me han parecido muy acertados. La mayoría de sus libros tratan sobre el comunismo o las últimas guerra en Yugoslavia, y en uno de ellos, el magistral Café Europa, dedica un capítulo a la manía que tienen los dirigentes de cada nuevo régimen de cambiar los nombres de calles, plazas o avenidas. Como si los períodos anteriores de la historia no hubieran existido, como si el nuevo régimen en cuestión fuera el último y a la vez el primero de la historia del país. Pero, dice Drakulić, con ese afán por borrar el pasado que no concuerda con la idelogía presente, se está negando a toda una generación (o a más de una): la que vivió durante el régimen anterior las huellas del cual hay que eliminar.
Da como ejemplo una plaza en Zagreb que antes llevaba el nombre de Tito y que ahora lleva otro. Y dice que, si bien Tito fue un dictador, llegó al poder luchando contra los Nazis al frente de los partisanos, y no hay que negar el importante papel que jugó en la historia de Yugoslavia y de Croacia. Ella no niega la ambigüedad moral del personaje, a pesar de la Yugo-nostalgia que hace que ahora muchos lo adoren, sino que cuestiona la parcialidad (y en cierto punto moralidad) de los que toman este tipo de decisiones. Los que deciden que Tito ya no merece llevar el nombre de una plaza, pero por ejemplo un escritor que formó parte del gobierno croata pro-nazi durante la Segunda Guerra Mundial sí. ¿Es esto la justicia histórica? ¿Consiste la historia en echar tierra encima de lo pasado que a su vez echó tierra a lo anterior, en un eterno retorno de los mismos errores?
Está claro que la historia la escriben (y la adaptan a su conveniencia) los vencedores, pero con su preocupación por cambiarle el nombre a todo demuestran su inseguridad. Si un país admite su pasado, por duro que sea éste (como el haber tenido un período nazi), podrá progresar y construir un futuro sólido, como ha hecho Alemania. Pero negando el pasado se corre el riesgo que éste vuelva aparecer en el momento más inesperado.
Drakulić en su ensayo da ejemplos de una ciudad que conoce bien, Zagreb, pero al pasar por Belgrado y Sarajevo enseguida me di cuenta de que esta práctica no es exclusiva de Croacia, ni mucho menos. Ni tampoco exclusiva de la ex-Yugoslavia, como bien sabemos en España. Aquí abajo un par de ejemplos: a la derecha, la plaza delante de la estación de tren en Sarajevo ahora lleva el bonito nombre de plaza del Sacrificio del Genocidio de Srebrenica; a la izquierda, una calle de Belgrado que ha cambiado de nombre nada más ni nada menos que 6 veces en los últimos 100 años (notése el detalle de que dejan el último período en blanco, por si vuelve a cambiar).

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2 Comments until now
Hola mi nombre es Elia estaba buscando el significado del mismo y encontre tu pagina tus fotos son muy lindas yo vivo en Ecuador.
Tocaya, bienvenida al blog! Según tengo entendido el significado de nuestro nombre, que aparece en la biblia, es “el que cree en Dios”.
Espero que vuelvas a pasarte por aquí!