Durante mis viajes por el mundo, y en todos los países donde he vivido, al decir que era de España automáticamente recibo una sonrisa y un comentario positivo del tipo “Ah, España, qué país tan maravilloso”. Y esta reacción viene tanto de los que han estado allí como de los que no y sueñan con hacerlo. Y si estoy en un restaurante o en algún lugar donde me ofrecen un servicio, al enterarse de que soy de España normalmente me tratan mejor o son más simpáticos, como si eso tuviera un pedigrí especial. Y es que parece que el mundo entero sueña con ir a España, paraíso de fiestas y siestas por doquier, de la buena vida y la buena mesa.

Cuánto más he viajado más me he dado cuenta de este hecho, sobretodo cuando lo que hecho con gente de otros países, por ejemplo de Alemania, que reciben reacciones muy distintas al decir de donde son. Y me siento afortunada por tener este valor añadido de buenrollismo allá donde voy, por el simple hecho de venir de una zona geográfica y no de otra.

Sin embargo, también me ha llamado muchas veces la atención que en el extranjero la gente piensa que nos pasamos el día comiendo, bebiendo y echando siestas (en Estados Unidos, por ejemplo, nadie me cree cuando digo que no conozco a nadie en España que haga la siesta, a menos que sea verano y estés a 30 grados a la sombra). Es un estereotipo que nos han encasquetado y, a pesar de que hay otros países mediterráneos que seguramente superarían nuestro siestómetro (ver Croacia), parece que estamos destinados a ser los siesteros por excelencia.

Como prueba, el atlas del mundo que publicó hace poco el semanario humorístico The Onion (al que ya he citado alguna vez), en el cual el título para la página sobre España es: “Tomándose una siesta de 3 siglos”. La verdad es que en este atlas no queda títere con cabeza, por ejemplo el título de la entrada sobre Rusia es “El país donde mandan a los rusos a morir”, y el de Estados Unidos “la tierra de los oportunistas”. Sin embargo, la entrada de España no tiene desperdicio, empieza así:

Aunque antaño dominaba los mares y se extendía por los 5 continentes, hoy al adormilado Imperio Español le falta la energía necesaria para aniquilar a pueblos indígenas enteros, prefiere holgazanear por Europa que dirigir una brutal Inquisición.

Además, la entrada de España es la que usan en los anuncios de The Onion que aparecen cada semana en la revista desde hace meses, perpetuando así nuestra buena fama. Aunque también es cierto que podría haber sido mucho peor: en lugar de llamarnos holgazanes, nos podrían haber llamado aves de rapiña o gorrones, característica esta última muy típica del carácter español. Y es que, tal como demuestra este espeluznante vídeo, en España lo gratis no funciona: despierta nuestros instintos más bajos.

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