Me voy. Me fui. Aunque no me lo acabe de creer, hace ya un par de horas que he llegado a mi casa. Un auténtico bajón, como una frenada en seco.
Después de casi 24 horas de viaje, entre retrasos y pérdida de conexión en París, llego exhausta física y mentalmente. En el avión vi la última película de Woody Allen, Scoop, a pesar de que se me cerraban los ojos. Sentada entre un señor muy gordo de mediana edad que se durmió encima de su maletín de ejecutivo, y uno joven con una gorra de cuero, dos ejemplos distintos pero igualmente típicos de congoleños ricos. Tal como dije alguna vez, el cine es una de las cosas que más he echado de menos durante este año y medio en Congo. Entre muchas otras cosas.

Mis últimos días en Bukavu fueron ajetreados y emotivos. Cuando se enteraron de que dejaba el país, varias personas se presentaron en mi oficina e incluso en mi casa a pedirme ayuda (económica) antes de que me marchara, desesperados. El jardinero y la asistenta se quedaron sin trabajo, y con ellos toda su familia se quedó sin ingresos. Pero ellos al menos tuvieron un trabajo durante un tiempo.

Mis últimos días en Kinshasa, en el Congo, fueron aún más emotivos. Quizás porque allí pasé un año, y fue el primer lugar de África que conocí. O porque Kinshasa es la encarnación de todo lo peor y lo mejor que viví en Congo. Fueron días raros, demasiado cargados de emociones contradictorias y de altibajos emocionales, de una intensidad casi dolorosa.

En Kinshasa caminé mucho y sudé muchísimo, hacía un calor infernal. Los dos últimos día pasé horas en el mercado de artesanía comprando tapices bakuba, y en la fábrica Utex comprando telas de colores. Y llovía sin parar (creo que desde octubre ha llovido absolutamente cada día en este país).

Un día pasé media hora esperando transporte en medio del Boulevard 30 Juin y varios vendedores ambulantes y chicos de la calle harapientos vinieron a hablarme, yo estaba pendiente del tráfico y recuerdo haber pensado que sería la última vez que me llamarían mundele (o muzungu), extranjera. Justo ante había ido a despedirme de la incomparable hermana Roser en la clínica para minúsvalidos donde trabaja, y se puso muy contenta. Esa misma noche fui a una cena de despedida con amigos al pijísimo círculo deportivo (que tiene campo de golf y todo).

Es difícil resumir en unos pocos párrafos mis impresiones de este país tan absurdo y tan extremo, escribir un epílogo para un libro que sólo logré vagamente esbozar. Sin embargo aquí va una pequeña lista de algunas de las cosas que ya desde ahora sé que voy a echar de menos del Congo:
-El lago Kivu: jamás he visto un lago igual, en los 8 meses que pasé en Bukavu lo vi a diario, por la ventana de mi cuarto al despertarme, y no me cansé nunca de verlo.
-La intensidad de los colores, por todas partes, en las ropas de las mujeres, en las frutas del mercado, en el paisaje, en las puestas de sol.
-El calor (cada vez me gusta menos el frío).
-Las exclamaciones y ruidos que hace la gente al conversar, imposibles de reproducir. Por ejemplo, la exclamación de incredulidad o sorpresa que indefectiblemente hacen al oír algo inaudito.
-Las conversaciones y las situaciones surrealistas (lógica congoleña son términos contraditorios).
-La paciencia de la gente ante la adversidad, o el estoicismo, o el optimismo. No sé muy bien qué es, pero hay algo genuinamente positivo en los congoleños. Incluso en las peores situaciones siempre piensan que todo acabará saliendo bien, y trampean como pueden el mal tiempo. Seguramente ellos lo llamarían Dios, pero pienso que hay otra cosa más terrenal, incluso visceral, que les hace confiar en el futuro. O quizás se trate simplemente de un error de cálculo, de falta de realismo, o como decía Kapuscinski, de la certidumbre de que el tiempo les pertenece.
-El espíritu de hierro de las mujeres congoleñas, que lo han vivido y sufrido todo, y siguen aguantando con una fuerza interior sin igual. Sin ellas el país se habría ido al desguace hace tiempo.
-La imprevisibilidad, la seguridad de que cualquier cosa puede pasar cualquier día, de imprevisto.
-El hecho de que todo sea negociable y todo sea conseguible: la flexibilidad de las reglas y la maleabilidad de los deseos. Con unos pocos francos, cualquier regla puede doblarse y cualquier muro puede derribarse; también con unos pocos francos, puedes conseguir lo que desees en cualquier momento, y por incongruente e improbable que parezca, alguien te lo traerá .
-La cercanía con la gente y la facilidad de conocer a extraños.
-El río Congo, y las montañas del este del país, y los bosques infinitos, y los animales… es decir, la naturaleza immensa, tantas cosas por explorar en este vasto territorio.
-Los viajes en helicóptero, o en 4×4 por caminos intransitables para llegar a aldeas remotas donde la gente raramente recibe visitantes.
-Disfrutar de la vida sencilla, por la falta de actividades y a menudo de electricidad: trabajar, leer y conversar con los amigos; cocinar o mirar el paisaje desde la terraza, escribir.
-Que, tal como decía Sánchez Piñol en Pandora en el Congo, el Congo sea mucho más que un lugar, casi una metáfora de la esencia misma de la humanidad.

(continuará…)últimas impresiones

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