Acabo de volver a Bukavu después de pasar un par de semanas en España, que se me han hecho cortísimas ya que no había ido desde Navidad. De las vacaciones qué puedo decir: familia, amigos, médicos, campaña para las elecciones autonómicas, fiebre consumista, cine, teatro, restaurantes, música … y jamón para llevarme a Congo, mucho jamón. Pero antes de irme de vacaciones estuve unos días de paso por Kinshasa, donde no venía desde hacía más de medio año. Y fue una visita interesante en muchos sentidos.

La ciudad no ha cambiado mucho en lo esencial, sigue calurosa, caótica, sucia, corrupta y fácilmente excitable. Además, sigue sin transporte público y con embotellamientos de tráfico horrendos, con agujeros en las calles, y shegués (niños de la calle) por todas partes a pesar del intento de las autoridades de encerrarlos. Sin embargo, algunos cambios positivos sí que noté, sobretodo en el centro de la ciudad: algunas calles estaban más arregladas, se veían más tiendas y negocios, más edificios nuevos y, sobretodo, más carteles de Vodacom por todas partes (como en la foto de arriba). Incluso se acaba de instalar una nueva compañía aérea española, Bravo Air Congo, que dentro de poco va a conectar Kinshasa con Madrid, increíble. Y el desastroso aeropuerto de N’Djili finalmente parece un aeropuerto más o menos digno.

Cómo además visité Kinshasa durante el período de campaña electoral, las calles estaban llenos de polícias municipales en los cruces dirigiendo el tráfico y de barrenderos… ¡barriendo arena!

Debo decir que sorprendió lo mucho que disfruté de mi paso por Kinshasa, y no sólo por el dinamismo que parece haberse instalado (por fin) en la ciudad, o por la disponibilidad de tiendas o restaurantes que en Bukavu no hay. Sino, sobretodo, por volver a ver a los amigos que aún me quedan por allí. Cenas y largas charlas hasta altas horas de la madrugada, algunas buenas noticias y otras no tan buenas, compartir preocupaciones y horas de ocio cómo hacíamos antaño. Todo esto me hizo sentir una cierta nostalgia de mi año pasado en Kinshasa, quién me lo iba a decir, y debo confesar que también unas ciertas ganas de volver o al menos de dejar la tranquilidad de Bukavu. Y es que hasta que no dejas algo no te das cuenta de sus verdaderas cualidades, supongo.

Ah, se me olvidaba: además tuve la oportunidad de conocer brevemente y por casualidad a un bloguero y a su mujer que leo desde hace algún tiempo y que sé que también me leen a veces. Aunque no tuve tiempo de decírselo porque un tiramisú interrumpió la conversación, pero esa ya es otra historia.

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