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Los recuerdo a todos y a cada uno de ellos perfectamente, cada uno con su manera de trabajar e idiosincrasia personal. Estaba Astrid, típica mamá africana de tetas enormes y vestidos imposibles, siempre quejándose de algo; Didace, alto y apuesto, padre reciente orgulloso y con un chiste siempre a punto; JB y JK, uno con cara de ratón y el otro de comadreja, los dos con una cierta alergia al trabajo; Michel, el más veterano de todos, serio y parco como un antiguo sabio, y muy respetado por todos los periodistas de Bukavu; Charlotte, lista como una liebre y siempre dispuesta a preguntar lo más difícil de preguntar y a ir más allá de lo recomendable, bajo pelucas a cual más barroca; Adolphine, un poco más lenta que los demás en sus reportajes, pero con quien siempre se podía contar; Dieudonné, un gran bonachón pero que podia ser un auténtico callo en el pie de las autoridades..
Pero por encima de todos ellos recuerdo a Serge, el secretario de redacción de la radio. Quizás por ser el más cercano a mi edad del equipo, o el más listo, o el más atrevido, yo siempre acudía a él en primer lugar a aclarar dudas. Y él siempre tenía un minuto para mí (o para cualquiera), por ocupado que estuviese. Tenía 31 años pero, sus mofletes rechonchos, sus gafas de médico, su calva incipiente y los trajes que solía llevar lo hacían parecer mayor. O quizás era simplemente su profesionalidad, que le había hecho ganarse el respeto de todos, en la radio y fuera de ella. Excepto la de las autoridades militares locales, con quien había tenido varios problemas desde hacía tiempo por haberse atrevido a decir la verdad sobre ellas..
En la RDCongo, como en muchos otros países africanos, a pesar de haber tenido elecciones democráticas hace un año, la libertad de prensa sigue sin estar garantizada. Los periodistas congoleños, que ya de por si trabajan en condiciones precarias, a menudo son amenazados, presionados, maltratados o incluso asesinados simplemente por querer hacer su trabajo de informar al público. Por ponerse del lado de la población y no de la minoría en el poder. Y algunos lo pagan con la vida..
Hoy hace exactamente una semana que Serge fue asesinado cuando volvía a su casa después del trabajo, en plena calle y a sangre fría, delante de diversos testigos. Uno de los mejores periodistas del país, que no se había dejado amedrentar por las amenazas que sufría desde hacía tiempo (aunque no le gustaba hablar de ello), ya no podrá hacer más su trabajo. Ya no podrá denunciar más abusos por parte de los militares, o de las autoridades locales, o de quin sea, aunque su injusta muerte es ya en si una denuncia. Una denuncia hacia la hipocresía de llamar democracia a un país por el simple hecho de haber tenido elecciones, pero en el que el abuso de poder sigue manifestándose a sus anchas sin castigo.
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Después de un largo día de emociones, de recorrer los recovecos de la provincia viendo a la gente votar con tanta emoción y solemnidad, el domingo de las elecciones volvimos sanas y salvas a Bukavu a pesar de los baches insalvables, los barrancos traidores y los puentes quebradizos..
Y en días como ése me encanta estar en este país. Y no sólo por los puentes.