primeros días en Kinshasa

Llevo 4 días en Kinshasa y cada minuto tiene tintes de déjà vu. A pesar de todos los artículos y guías turísticas que había leído últimamente comentando lo mucho que ha mejorado la ciudad, y a pesar de algunas visibles mejoras ínfimas, Kinshasa sigue siendo un monumental desastre.

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En el infame aeropuerto de N'Djili, considerado por algunos como el peor aeropuerto del mundo, la gran novedad son los ordenadores que se han instalado hace pocas semanas en el control de pasaportes. Sin embargo, como los policías no los habían usado en la vida y no se les enseñó a usarlos, las legendarias colas son triplemente lentas (aunque un poquito más ordenadas). A pesar de esta pequeña mejora, la recogida de equipajes sigue siendo un infierno, y no sólo por el calor pegajoso sino también por la habitual muchedumbre de porteadores de maletas que se pelean por conseguir una propinilla.

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Una vez fuera del aeropuerto, uno enseguida se da cuenta de que que ahora los taxis, los minibuses y los autobuses están pintados de amarillo y azul, con lo que parece que hay una cierta regulación del transporte público (transport en commun). Sin embargo, por lo que me han dicho, sigue siendo el mismo caos de siempre pero con la cara pintada de los colores de la bandera. Y exceptuando unos pocos autobuses modernos donados por Bélgica (a juzgar por los destinos que anuncian en los carteles), los demás siguen siendo igual de cochambrosos que antes.

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Y las calles de Kinshasa siguen tan llenas de agujeros y socavones como siempre, o aún más si cabe ya que desde que me fui han pasado dos temporadas de lluvias que arrasan con todo. Los embotellamientos también parecen haber empeorado, a pesar de que ahora hay guardias de tráfico en los cruces principales.

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Todos los congoleños con los que he estado hablando estos días me han dicho que están desilusionados después de las elecciones. Muchos esperaban poco menos que un milagro, pero es que todo ha empeorado: los cortes eléctricos, la escasez de agua corriente y los precios estratosféricos de los productos de primera necesidad. Incluso el piso de expatriados donde estoy alojada estos días, en el centro de la ciudad y con un alquiler que es un atraco a mano armada, llevamos dos días apenas sin agua y con duchas manuales con un cubo. Sin embargo, desde el balcón en el último piso del edificio pueden verse docenas de nuevos apartamentos en construcción, que nadie sabe muy bien ni con qué dinero los están haciendo ni quién se los va a poder permitir.

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En definitiva, nada nuevo bajo el sol en esta metrópolis de 10 millones de habitantes e infraestructuras de cuando tenía 500 000. Y aún así, Kinshasa sigue teniendo su extraño encanto de ciudad de contradicciones. Y los congoleños siguen siendo tal y como los recordaba: más resistentes que un diamante y joviales como una rumba. Hoy, por ejemplo, iba en un autobús y en medio de un tráfico inimaginable el conductor y dos pasajeros se han puesto a cantar bellas melodías religiosas que cantan cada domingo en su parroquia. Ah, Kin la Belle.
primeros días en Kinshasa
Típico 'nuevo' minibús de transporte público en Kinshasa: pintado de azul y amarillo, pero tan desastroso como siempre.

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